ANTÍPODAS | O |
12 ene 2004 . Actualizado a las 06:00 h.El otro día salieron del desván unas viejas postales de Vigo. Bueno, de hace treinta años como mucho, o sea, de mediana edad. Una de ellas era del arranque de la Gran Vía, y me dejó asombrada. En el tramo entre Urzáiz y la plaza de España, el bulevar central lucía unos árboles espléndidos. ¿Naranjos, quizá, como los que sobreviven en Policarpo Sanz? De lo único que estoy segura es que no eran camelios. Pero lo sorprendente era que, gracias a ellos, el bulevar parecía más grande, más imponente, más atractivo, y la Gran Vía, una señora calle, flanqueada como estaba -y está- por otros árboles en las aceras. Se perdió esa Gran Vía no sé cuándo ni porqué. El bulevar es hoy un remedo de jardín: un jardín de escaparate de una tienda venida a menos. Poca gente va por él y menos aún toma asiento en sus incómodos bancos de piedra. Días antes de encontrar la postal, me acordé de la Gran Vía que conocí en mi infancia. En el bulevar entonces había gente, se llevaba a los niños de paseo, se jugaba en él. Hubiera dicho que era más ancho, pero tal vez me engañara la memoria. La postal me dio la clave: los árboles creaban la ilusión. Generaban un espacio propio, hacían del bulevar un pequeño parque, en lugar del mero trámite entre dos calzadas paralelas que es hoy. El nuevo Ayuntamiento ha dejado saber que se propone adecentar la Gran Vía. Falta le hace. Ahora hay que rezar para que la idea se realice, y para que los muñidores del proyecto tengan el día bueno y no hagan una de esas reformas que nos hacen añorar lo malo conocido. Les sugiero un vistazo a postales como la mía. Que ahora abunda la retórica ecologista, pero a la hora de la verdad se enlosa y sanseacabó. closadafernandez@yahoo.es