Hojas secas

| ARMANDO G. FREIRÍA |

VIGO

CUARTO OSCURO

27 ago 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

EXISTEN MUCHOS lugares, formas y tiempos para encontrar historias. Así, surgen de algún baúl olvidado en el desván de la memoria, de debajo de alguna piedra en el camino y adoptan formas de dragones mitológicos, de niños perdidos en el bosque a quienes mayormente acecha algún lobo adulto y, en mi caso, el tiempo casi siempre es el de las hojas secas barridas por el viento. A veces ocurre también que las historias te buscan, te asaltan, brincan para que les prestes atención. Es el caso que estando en compañía de un grupo de amigos, en el relajo vacacional de un atardecer a la espera del acercamiento de Manu Chao y, más tarde, de Marte, el más políticamente incorrecto de los presentes- todo grupo tiene uno de estos ejemplares -, nos contó la historia pretérita de un matrimonio, ejemplares sirvientes ambos de una señora de Madrid en su pazo gallego. Mientras la mujer se ocupaba de las tareas domésticas, el marido cumplía las propias de chofer y se ocupó con tanta dedicación y ahínco que, cuando no conducía a la ama de una reunión a una asociación y, de ésta, a una cena -actos siempre benéficos-, se esmeraba con fricción en el cuidado del vehículo. Así durante más de cuarenta años y tres coches. Era tal su obsesivo afán profesional por el automóvil bajo su responsabilidad que, aún en las escasos tiempos de asueto, el hombre no se separaba jamás del coche. Ya podía ponerse de parto su esposa, organizar un viaje a Santiago o casarse su hija que, nuestro hombre, conducía diligente y, a las puertas del hospital, de la catedral o de la iglesia parroquial, mientras los demás arreglaban sus asuntos, el chofer abrillantaba con esmero la carrocería, limpiaba el interior o supervisaba los niveles del coche en cuestión. No estaba casado con su esposa, lo estaba con cuatro ruedas y un volante. Pero como aún lo que dura demasiado no dura para siempre, hace unos años se jubiló y la señora le regaló el viejo Mercedes de 20 años. Anteayer, por primera y única vez, quizás porque los hábitos son solo eso, hábitos que si no se repiten se olvidan, reparó en las olas que batían fieramente abajo, en el acantilado, y se acercó a oler la espuma que parían el mar y las rocas dejando, tras de sí, huérfano y desolado, al ingenio mecánico alemán. Allí mismo le dio un infarto que le fulminó el corazón. No sabremos si por la belleza de la vida redescubierta, o por la culpa del extravío de su memoria de chofer. Es harto frecuente que confundamos lo que hacemos con lo que somos. Hoy, en las necrológicas, pueden leer su esquela y, en los anuncios por palabras, la venta de un Mercedes para desguace. Ambos, descansen en paz.