ANTÍPODAS | O |
23 ago 2003 . Actualizado a las 07:00 h.EL JUEVES, una señora portuguesa que comía con su familia en uno de los merenderos de Samil tuvo un ataque, posiblemente un infarto. Enseguida, una transeúnte se puso a reanimarla. Llegó la Cruz Roja y se hizo cargo; a los pocos minutos, el 061 arribaba con personal y equipo ultramoderno. Poco después, la señora respiraba para tranquilidad de la familia. Se les aconsejó que abrieran laas sombrillas y la protegieran del sol. Los forasteros estaban bajo los árboles recientemente talados por el Concello; no había allí una maldita sombra. Si yo siguiera la pauta que se ha impuesto ante los accidentes y las catástrofes, escribiría ahora que el Ayuntamiento de Vigo es responsable de que la gente sufra golpes de calor y hasta la muerte, si la asistencia no lo remediara, por esa infausta tala a destiempo. No es broma. En estas sociedades prósperas exigimos seguridad absoluta, protección total. Nos hemos habituado a salir hasta de las garras de la muerte gracias a tantos avances. Y cuando el accidente ocurre, no lo aceptamos como tal: tiene que haber un culpable. Casi siempre resulta que el culpable es la Administración. ¿No es ella quién debe protegernos? ¿No es el Estado nuestro padre y nuestra madre? Parece mentira que nos hayamos vuelto tan infantiles cuando, con tanto adelanto de Dios, debíamos estar en la madurez. Pero ocurre lo contrario. Las gentes de los países más castigados por catástrofes las encaran con temple (siempre me fijo en los filipinos, cómo sonríen al ver las cámaras, aunque su casa acaba de ser sepultada por la lava). Nosotros nos ponemos histéricos. No aceptamos la adversidad, que es un preanuncio de la muerte. Antes se invocaba y maldecía a Dios, ahora al Estado. ¿Alguna vez nos haremos mayores?