Drácula sólo era un hombre rabioso

Pilar Martínez VIGO

VIGO

GUSTAVO RIVAS

Reportaje | El fin de una leyenda El doctor Juan Gómez, neurólogo, explicó la coincidencia de síntomas entre la rabia y el vampirismo en el acto de despedida de los residentes del hospital Xeral-Cíes

13 jun 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

¿Quién no ha visto alguna vez una película de vampiros? Incluso ¿quién no ha disfrutado con ella? Pero ¿alguien había imaginado que Tom Cruise, por ejemplo, en su papel de Lestat en Entrevista con el vampiro, padecía rabia? Aunque curiosa, esta es la conclusión a la que ha llegado el doctor Juan Gómez Alonso, jefe del servicio de neurología del Xeral-Cíes. Este diagnóstico fue explicado ayer por el doctor Gómez en el acto de despedida de los residentes que durante los últimos años han realizado su especialidad en ese hospital. El jefe de neurología, tras más de diez años de investigación y la lectura de su tesis sobre vampiros en 1992, lo tiene claro. Los síntomas de la rabia coinciden plenamente con las características del vampirismo. Es más, asegura que las «epidemias de vampiros» que se extendieron por los países balcánicos durante el siglo XVIII se produjeron al tiempo que las epidemias de rabia que asolaron Europa en esa misma época. «El vampiro era un mal enfermo: no tenía historial médico ni familiares que lo acompañaran», bromeó Juan Gómez. Otro problema añadido, aseguraba el doctor, radica en el rastreo de la documentación sobre el tema, distribuida por los museos europeos. Las gacetas de los siglos XVIII y XIX hablaban de «extraños cadáveres, hinchados, que se relacionan con animales, extremadamente promiscuos y que por la noche se dedican a chupar la sangre del resto de criaturas». Y a todo ello, añadido el grave problema del contagio, puesto que se creía que la mordedura de un vampiro significaba la inmediata transformación al vampirismo del mordido. Pues bien, el doctor Gómez aseguró ayer que, siguiendo el «método clínico tradicional», estos comportamientos tienen una explicación, sino agradable, cuando menos, científica. El retraso en la putrefacción es debido a la realización de enterramientos en ambientes fríos; el buen aspecto exterior de los cadáveres se producía por exceso de humedad; la presencia de sangre era causada por la muerte por asfixia; y, por último, la hinchazón de los genitales, como consecuencia de la segunda fase de putrefacción. Todo ello concuerda, según Juan Gómez, con que la epidemia más famosa ocurrió en Nedveja (Serbia), donde las bajas temperaturas mantenían la nieve durante medio año. Respecto al contagio, es ya sabido que una de las enfermedades más contagiosas es la rabia. Sin embargo, el dicho «muerto el perro, se acabó la rabia» encierra sólo parte de verdad, ya que se ha descubierto que esta enfermedad es transmitida también por ratas y murciélagos. Y el comportamiento, el asociado por ignorancia y superstición a los vampiros: agresividad, hipersensibilidad al agua, promiscuidad (hasta treinta coitos diarios), espasmos musculares violentos y secreción de saliva sanguinolenta. De esta forma, no es de extrañar que un enfermo en esas condiciones fuera temido por quienes se cruzaran en su camino, llegando incluso a matar al supuesto vampiro por estrangulamiento. Afortunadamente, concluía el jefe de neurología, «hoy en día, el vampirismo no constituye un problema médico grave».