Detalles para evitar el olvido nunca


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Los artículos que despachan en las tiendas de souvenirs son el paraíso del kistch, pero no es birria todo lo que reluce, porque además de la baratija típica, el traje de faralaes, la sevillana, el torero, el galleguiño o una reproducción de Lola Flores, venden auténticos mantones de Manila, perlas Majórica, porcelana fina o abanicos de nácar, hueso o sándalo que cuestan casi 200 euros. Más que un ventilador.Desde hace varias décadas, el primer contacto con el comercio vigués que tenían los turistas que llegan por miles en los cruceros, se producía nada más poner el pie en tierra, en el paseíllo de la Estación Marítima. Allí, en su camino de ida y vuelta hacia los trasatlánticos, estaban instaladas las tiendas de souvenirs en las que el visitante se surtía con recuerdos españolísimos, galaicos y recurrentes tan variopintos como la famosa muñeca sevillana, la gaita gallega de juguete o el socorrido paño de cocina. Desde la remodelación de los terrenos de la Autoridad Portuaria en los que Zona Franca construirá un gigantesco centro comercial, los propietarios de los modestos establecimientos que llevan toda la vida con sus negocios, han sido trasladados a una esquina del nuevo edificio de la Estación Marítima de Ría, donde sus potenciales compradores pasan de largo.Estafados y solosCuenta Camila Fernández, la veterana del gremio en el que actualmente sólo seis tiendas resisten la batalla con Goliat, que se sienten engañados, estafados y muy solos. Camila, 46 años especializándose en el souvenir en su filial de la tienda Talismán que abrió hace medio siglo en la calle Carral, está decepcionada porque desde que cambiaron de emplazamiento a mediados de febrero, Zona Franca aún no ha cumplido con lo que les habían prometido para intentar atraer a los clientes. A saber: «cuatro carteles a un lado y al otro de la estación, pancartas indicadoras junto a los barcos, y reparto de folletos informativos entre los pasajeros para que sepan dónde estamos».PromesasComo la promesa, aparentemente sencilla, no se cumplía, ellos mismos decidieron salir a pescar su sustento exhibiendo el género a modo de muestra en la acera de su anterior ubicación. Sin embargo, las autoridades no les permitieron estar allí y lo que les molesta es que no se actúe con el mismo rasero con los vendedores ambulantes con los que, por otra parte, no tienen ningún problema. «Pero ellos no pagan impuestos y nosotros sí, y no como en A Pedra, sino como cualquier comercio del centro de Vigo. No se nos puede sacar el pan así», dice añadiendo que tampoco están satisfechos con los nuevos locales con fallos como puertas que no cierran y suelos sin pulir.La vendedora asegurá que desde el cambio sus ventas se han reducido en un 80%. Y como muestra, el ejemplo de ayer, con el Noordam atracado a cien metros y miles de turistas pululando por la ciudad, mientras que a las tiendas de la Estación Marítima habían entrado media docena de guiris en toda la mañana.

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