Nueve mil toneladas menos

Miguel Á. Rodríguez VIGO

VIGO

M. MORALEJO

Cerca de 18.000 voluntarios extrajeron de las costas de Oia, Baiona, O Morrazo y las islas más de nueve millones de kilos de fuel de los doce que llegaron a la ría viguesa

30 dic 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

Cerca de doce mil toneladas de chapapote decidieron pasearse frente a la última de las Rías Baixas para ensombrecer la Navidad gallega. La podrida lengua negra del Prestige lamió las islas Cíes, abrazó la costa de Baiona y salpicó varias playas de O Morrazo sin aviso ni permiso. Fueron todos besos robados que mancillaron una costa acostumbraba al mimo de los pescadores. Y a lomos de sus barcos, fueron ellos quienes se hicieron a la mar para restablecer el honor de una ría que el gobierno dejó huérfana por omisión. A falta de paternidad oficial, a la costa le salieron dieciocho mil hermanos entre A Guarda y Baiona dispuestos a batirse en duelo con el petróleo que quiso violar sus aguas. Cinco mil foráneos y trece mil voluntarios gallegos que arrancaron con más imaginación que medios cerca de nueve mil toneladas del fuel asesino en menos de un mes. Oia y las Cíes recibieron el mayor castigo. El viento quiso que fuesen éstas las dos patas sobre las que el petrolero hundido emergiera su veneno en la ría de Vigo. Y así fue. Y un mes después siguen contándose a miles las manos dispuestas a servir de antídoto natural contra esta catástrofe animal. Más de trescientos cincuenta barcos y una ingente dosis de imaginación tuvieron que esperar doce días a que llegara la ayuda gubernamental en forma de barcos anticontaminación, barreras, mascarillas o contenedores. La llegada del Ejército levantó una moral minada por el hastío de las primeras jornadas. Los gestos, a miles, han quedado grabados para la Eternidad en la memoria de un pueblo. Hubo personas que entregaron su descanso navideño para rascarse las uñas contra el fuel que estranguló a las Rías Baixas. Un voluntario de Tarrasa lloró esta semana al pisar el riguroso luto que empobrece la costa de Oia. Había recorrido más de mil kilómetros para ayudar y se marchó de Galicia dando las gracias por haber podido ayudar. Las islas Cíes repicaron los gritos de rabia de docenas de voluntarios que olieron la muerte esparcida por el Prestige. Habría que ser un donante de corazón en vida para no estremecerse ante las reiteradas muestras de cariño que salpicaron las heridas de la costa. Pero las lágrimas no han logrado ocultar la rabia. Marineros y pescadores ya han fijado su punto de mira y tensan el dedo en el gatillo de las pancartas, que durante el último mes se han convertido en el tubo de escape por el que el pueblo ventiló su tragedia. Las hubo para todos los gustos y O Morrazo, como suele ocurrir en los momentos duros, marcó la pauta. Manifestaciones multitudinarias, conciertos solidarios como el de Carlos Núñez y rabia contenida. Todo para restablecer el orden en esta marea de miseria que afectará más temprano que tarde a 54 sectores productivos y cuyas pérdidas se cifran en el entorno de los mil millones de euros en un corto plazo de dos años. El grueso de la mancha se aleja. Ya sólo llegan bolas de negro que buscan como mariscadoras cientos de voluntarios entre Vigo y Baiona y en O Morrazo. Pero la peste sigue...