La desconfianza surgida en los últimos tiempos sobre determinados productos ha llevado a numerosos propietarios de ganado a recuperar el viejo dicho popular de «yo me lo guiso, yo me lo como». Tal práctica, más propia del medio rural que del urbano, se ha extendido en la actualidad a las ciudades. De hecho, el Servicio de Protección de la Naturaleza de la Guardia Civil (Seprona) detectó la matanza domicilaria de un ternero en un domicilio vigués de la parroquia de Candeán. Una vez sacrificado, los propietarios del animal se deshicieron de los intestinos (calificados como Material Específico de Riesgo, MER), y los arrojaron a un contenedor de basura del que ya no se pudieron recuperar. Circunstancias como la anterior son las que han obligado a la administración a desaconsejar las matanzas domicilarias de ganado vacuno para evitar que los Mer se arrojen en cualquier parte, en lugar de destruirlos, como es lo aconsejable. El sacrificio de la res debe hacerse en matadero, donde una empresa autorizada recoge el material en contenedores y camiones especiales para su posterior destrucción. El proceso, en caso de que se pudiera llevar a cabo en los domicilios, resultaría sumamente costoso para un particular y no sería rentable. Al contrario que la anterior, la matanza de cerdos se sigue practicando en las casas con ciertas garantías. En las ciudades, igual que en los pueblos, la lengua y las visceras del animal se llevan, bien a veterinarios particulares o a profesionales oficiales de la Xunta de Galicia para el análisis de triquina. Si el propietario lo desea puede recuperar las muestras, una vez constatado el resultado.