FRANCISCO LÓPEZ CAPONT COMENTARIO
18 jun 2001 . Actualizado a las 07:00 h.El pasado miércoles 13, se proyectó en Vigo la película perfectamente restaurada en el Centro Galego de Artes e Imaxe de la Dirección de Comunicación Social de la Xunta, sobre Alonarti y La Artística. Pocas veces una película -y además muda- despertó tanto interés. El auditorio cultural de Caixanova, lleno, y corrillos a la salida comentándolo. Pero, por lo de zapatero a tus zapatos, no entro en la restauración de una película de 1927, del recordado José Gil, pero, sí en el interés industrial de ese valioso documento, de algo tan vital para Vigo como es la conserva y, más aún, la de sardina. Por ética, los restauradores conservaron -73 años después- títulos originales. Por eso, reviso datos técnicos y sociales. La Casa Cuna fue pionera en la Galicia industrial y ambas sociedades apuntalaron técnicamente la conserva. La escena del grupo de mujeres soldando el cuerpo lateral de latas de conservas con mecheros manuales a gas lo confirma. Cuando empezó don Eugenio Fadrique (que se ve en varios planos con un traje oscuro), esos soldadores se calentaban en hornillos de carbón y en la película se vieron -supongo por primera vez en España- con gas. La gran rueda de casi dos metros que cepillan en un torno giratorio es la base calefactora metálica, quizás, de una de las primeras soldadoras de «tapas de club», que fue otro gran paso en las conserveras gallegas, que en esa época empezaban con problemas por la abundancia de sardina fresca. Tanto es así que pronto entró en la crisis del primer quinquenio de los treinta. La sardina, en O Berbés, a 0,10 pesetas el kilo, se tiraba al mar o iba para abono, parón de exportaciones, falta de compra nacional (regalaban la llave para abrir las latas), huelgas, almacenes llenos, etc, y así hasta la guerra civil. Varias veces se ve fabricar o cargar en camión unos grandes envases, hechos a mano y de «uno es uno». Es el histórico «dos kilos de sardinas» (nunca pesaron eso, se fueron reduciendo) que luego detallaban los bares en bocadillos (comida diaria de muchos obreros alejados de sus casas), sacándolas día a día de esas grandes latas populares que, a pesar de todo, sólo conocían el entonces barato aceite de oliva con el que pagaban el pan. En otros planos especiales se ve como mezclan, laminan, cortan y aplican los arillos de goma que daban hermecidad a las tapas de conserva. A pesar de la simplicidad, se trataba de tecnología y fórmulas propias en la única fábrica española. Los exportaban a Sudamérica y Portugal. En Valença do Minho montaron una filial. Cuando la guerra europea cortó la importanción de goma (pudo paralizar toda la conservera española), lo resolvieron los submarinos alemanes. Los fardos con goma de los barcos ingleses hundidos salían a flote, golosamente repescados por pesqueros gallegos, llegando luego a La Artística, por un gobierno que los distribuia con cuenta gotas por escasez, pero donde el prestigio y relaciones de don Eugenio Fadrique tenía su eficacia. Llamó la atención (hubo risas) el gesto del obrero sentado ante una prensa, que después del fuerte golpe que conforma el envase, lo enseña y enfoca como triunfo, a mano levantada. Es una escena muy breve, pero probablemente sea uno de los primeros envases (sin soldadura) de embutidos de conserva de sardina hecho en Vigo, por no decir en España. Fue muy difícil introducirlos, aunque hoy son generales. Sólo se embutían las cajitas de betún para zapatos. Además, fue la fábrica principal en España, de las mantas, es decir, de la plantilla o soporte de goma, que recubriendo el rodillo impresor, permite dar color a la hojalata. Precisamente fue también otro gran avance en color, dicho en singular, porque se aplicaba uno a uno y plancha a plancha. Alcanzó una excelente calidad hasta el extremo de que años después, el reproducir en varios colores el cuadro Barrio de la Ribera, de Pradilla, se consideró como un gran avance técnico en la moderna litografía en hojalata y que llevé, como regalo a un congreso pesquero de la Torry Research Station de Escocia.