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Esta temporada deplorable se despedirá en Soria sin los dramas habituales de los últimos tiempos. La afición del Deportivo verá a su equipo por primera vez en años sin sentir que el club se juega la vida en cada pelota. Personalmente, recomiendo disfrutarlo. Saborearlo de la manera que no se supo durante los años de fútbol de media tabla de Lotina, de la forma que se criticó cuando aquella ola recorrió Riazor ante la Unión Deportiva Las Palmas en Primera División. Nunca se sabe lo perro que puede llegar a ser el futuro.

Se ha sufrido lo indecible, mucho más de lo que la gente estaba preparada para un curso en el que se sabía que se iba a sufrir. El objetivo era el ascenso por necesidad, era imposible plantear cualquier otro discurso. Con esa presión había que lidiar sabiendo que solo cuatro equipos de 102 alcanzarían la Segunda División. Evidentemente, el deportivismo no es tonto. Apaleados por el fútbol de los suyos en las últimas campañas, todo el ecosistema blanquiazul contemplaba la posibilidad de fracasar en un formato de competición desconocido para todos y sin público en la grada. A principio de temporada y con la boca pequeña, uno llegaba a decir que asegurarse la Primera Federación no estaba tan mal. Pero, desde luego, no de la forma que se ha hecho.

Todos fallaron: junta, dirección deportiva, entrenador y jugadores. Es rematadamente obvio. Pero también creo que el fútbol no son matemáticas y fallar es una posibilidad. Se puede cuestionar la política de poner a jugar a Borges, Uche o Beauvue en el barro de la Segunda B. Pero no creo que fuese una estupidez probar la fórmula. Las apuestas llevan el riesgo implícito.

De manera lamentable y, por momentos, dando auténtica pena se ha salvado el aterrizaje. Permanencia. Es lo que hay. Se puede fallar. Por mucho que duela, hay que aceptarlo. «Ha llegado el momento de permitir el fracaso», decía Eneko Bóveda en aquella entrevista.

Ahora bien, el curso que viene debe ser otra cosa. Equivocarse forma parte del camino, pero no se puede volver a permitir que este club se niegue a aprender. La terrorífica lección de este año no puede ser obviada. Que se tome nota de lo aprendido sobre estabilidad, sobre lo que sucedió con la cantera, sobre qué propuesta se quiere desplegar o sobre hasta qué punto la experiencia es importante en la categoría. Sobre tener un proyecto que dure más que un yogur en la nevera.

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