Placebo final tras una temporada desastrosa

El Deportivo salvó ante el Langreo un curso pésimo, pero que podría haber sido dramático de no amarrar la permanencia en la tercera categoría nacional


Redacción / La Voz

Se acabó el sufrimiento y el Deportivo estará la próxima campaña en la Primera Federación. Finalizó la agonía una jornada antes de lo que podría haber sido, algo que, visto los precedentes, se celebra casi como un éxito. Casi, porque a la temporada 2020-2021 no le cabe otro calificativo que el de fracaso. La casa blanquiazul estuvo ardiendo durante todo el curso y, al final, algo de honra se pudo rescatar. Se salvaron los muebles; se quemó todo el resto.

Tildar la campaña de decepción, fracaso o cualquier otro sinónimo catastrofista podría ser un ejercicio de subjetividad si no fuese porque fue desde dentro del propio club desde donde se estableció de manera innegociable el ascenso a Segunda como objetivo. Para ello, se confeccionó una plantilla de grandes nombres y grandes nóminas que multiplicaban el presupuesto de sus rivales inmediatos. Se apostó por la continuidad de Fernando Vázquez en la caseta e, inmediatamente, todos los estamentos de la entidad —técnico, jugadores y directiva— abrazaron la palabra ascenso en sus apariciones públicas pese a los titubeantes resultados cosechados en la pretemporada.

El Deportivo inició, 40 años después, su retorno al fútbol fangoso de la Segunda División B con victoria ante el Salamanca gracias al único gol de Beauvue en todo el año y un milagro salido de la cabeza de Bóveda en el minuto 97. Toda una declaración de intenciones de lo que le esperaba al equipo.

Con un fútbol que ganaba críticos a cada jornada que transcurría, pero impulsado por su fortaleza defensiva, el equipo se mantenía en puestos de ascenso cuando en la jornada ocho el filial del Celta B visitó el estadio de Riazor. Un punto de inflexión para tender al drama.

Relevo en el banquillo

El Deportivo salió humillado ante el filial de su eterno rival. Una patada en el hígado de la historia. No le costó el puesto a Fernando Vázquez, pero sí le condenó. La derrota ante el Zamora, entre las ruinas de Filomena, agotó el crédito. El técnico se fue prendiendo la mecha social con una rueda de prensa incendiaria. Rubén de la Barrera heredó una institución en combustión pese a ocupar todavía puestos de ascenso. Pero el pasado reciente del Deportivo, abonado a la fatalidad, pesaba demasiado.

Debutó con empate ante un Salamanca colista para caer de los puestos de privilegio. Empezaba el vía crucis. Derrota en Santiago, empate ante el Unionistas y otro fracaso en Coruxo. Del objetivo del ascenso al fantasma del doble descenso se pasó sin darse cuenta. Las últimas jornadas de la primera fase fueron de pura supervivencia. Cuatro triunfos en cinco partidos —incluido un repaso al Celta B como reseteo— hicieron al equipo soñar ante el Zamora en la última fecha. No pudo ser.

Esprint final

El equipo de De la Barrera, lejos de la brillantez, sí encontró cierto criterio. Futbolistas con galones los recuperaron y los canteranos —llamados a filas tras un mercado invernal lastimero— derribaron puertas.

Con los 29 puntos arrastrados de la primera fase, sumar tres triunfos en sus tres partidos como local fue suficiente para atar la permanencia. Aunque hubo que pasar las humillaciones pertinentes, como la de salir con el rabo entre las piernas de Langreo. Final potable a un curso venenoso. Otro más. Únicamente se celebra el no seguir haciendo espeleología por el fútbol nacional.

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