Casa Victoria: tradición y silencio en Culleredo

CRISTÓBAL RAMÍREZ REDACCIÓN / LA VOZ

TERRA

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Los dueños de la propiedad han dado vida turística a una vivienda centenaria

29 mar 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

Jesús es la típica persona con mundo y con trato, un trato muy afable. Con mundo porque no puede ocultar que es un sano fanático del surf y viaja en sus vacaciones para relajarse de los negocios familiares, popular gasolinera en Loroño incluida. Y con trato porque todo es cordialidad. Un hombre divertido contando anécdotas, como cuando alquiló su casa de turismo rural a un grupo de jóvenes que iba luego de concierto, se marchó preocupado por cómo dejarían aquello y cuando llegó lo vio todo como los chorros del oro. Tanto que hasta les riñó a ellos por haberse puesto a limpiar incluso la escalera interior. No es de los que criminaliza a los jóvenes, no.

Así que desde la gasolinera de Loroño, en el polígono industrial, sube al coche y conduce hasta la casa de turismo rural. Esto es territorio de Culleredo, provincia de A Coruña, un valle fértil surcado por dos ríos humildes y bonitos, el Valiñas y el Castelo. Un valle, en fin, lleno de viviendas unifamiliares que no guardan mucha relación estética entre sí. No abundan los edificios de piedra vista, que es lo que se lleva ahora, alérgicos sus propietarios a que luzcan del blanco que lucían quienes podían permitirse en otros tiempos tal lujo.

Y la casa de turismo rural Victoria también tiene la piedra vista. Lo cierto es que, gustos aparte, le imprime elegancia. Se ha aumentado la altura, pero nadie se da cuenta excepto que se fije mucho. También se ha ampliado a lo largo, pero pasa tres cuartos de lo mismo: el conjunto es muy homogéneo. Incluso en su enorme finca —que cierra un largo edificio que fue granja en su día, que no es de su propiedad y que es una lástima que los propietarios no lo tapen al menos con hiedra— Jesús y sus hermanos levantaron dos pequeños edificios, uno mayor que otro, que forman parte del conjunto que alquilan.

En realidad, casa y terreno fue lo que le tocó a su madre en herencia. La vivienda no se encontraba en óptimas condiciones ni mucho menos cuando la familia se decidió a arreglarla. Tenía tejado —si no hay tejado, no hay casa—, pero la placa del primer piso era tan insegura que no se atrevían a andar encima de ella.

Así que o blanco o negro. Y se decidieron a recuperarla, con la ventaja de que son de la familia Lamelas, los de las maderas, y eso facilitó las cosas: todo el suelo del primer piso es de madera, con alguna viga notable. «Queríamos dejar todo a la manera tradicional, respetando lo que había», dice Jesús. Y hace doce años abrieron por primera vez la puerta. Y eso se nota ya justo al entrar, porque lo que se ve ciertamente impresiona. A la izquierda, una lareira con un horno que, si se quisiera poner a trabajar, funciona. Solo estaba la base y, obviamente, el tiro; el resto es nuevo, y eso es lo único que se nota, porque el color de la base de la lareira y el color del pilar obviamente no es el mismo: para igualarlo habría que dar vida a mucho humo.

En realidad, todo es nuevo, pero se ha tenido el buen gusto de buscar muebles que de alguna manera recuerden a otros tiempos pasados, sin estridencias ni hiperenxebrismos. El conjunto resulta muy acogedor.

Como acogedora es la zona de la derecha: ahí quedan, además de un aseo, una cocina alargada y completa y un comedor con cuatro mesas que, precisa el dueño, siempre acaban juntas, formando un gran cuadrado. Y es que Victoria se alquila entera por un mínimo de dos noches, con precios fijos todo el año (350 y 480 euros por día): se entregan las llaves (Jesús o es buena persona o es demasiado inocente: no pide fianza), se le conduce a la casa y, en el mejor de los sentidos, buena suerte. Así que quien la alquila va a estar a su aire por completo.

¿Pero qué es lo que separa ambas zonas? Pues una línea granítica con agujeros grandes y rectangulares. Por ahí se daba comida a las vacas, que ocupaban lo que hoy es precisamente cocina, mesas y sillas. Esa línea granítica se merece el sobresaliente. ¿Y quién la alquila? Porque pequeña no es, así que la típica pareja con o sin niños que se olvide. «Grupos y familias, sobre todo españoles, aunque los primeros años también tuvimos extranjeros», dice el copropietario (junto con su familia directa). El nivel de ocupación es alto, con clientes que repiten y reservan de un año para otro. A la buena marcha del negocio ayuda, sin duda, la situación: A Coruña está a un paso y la autovía (y por tanto, Santiago, por un lado, y las playas del golfo Ártabro, por otro) no quedan lejos. Una gran ventaja.