Y con ella se han ido los ochenta. La música en directo, la tele que se saltaba la norma, y nos hacía normales en un mundo nuevo. Los ochenta que brillaban en las hombreras, en su pelo alborotado, en las preguntas certeras y provocadoras, como cuando les llamó a The Smiths hipócritas. Con ella se nos va aquel Almodóvar gritando que su droga favorita era el «angel dust» y Mcnamara proclamándose a su lado el dúo autodinámico. Y se va la alegría, el arrojo, el descaro que permitía que en su programa un tipo se bajara de pronto los pantalones o que apareciera un crucifijo con cabeza de cerdo. Claro que entonces Chamorro fue procesada y absuelta después por tanto escándalo. Ella, que había entrevistado a Dalí y a Miró en los setenta, nos trajo en los ochenta a Lou Reed y nos dio a todos un repaso. No solo musical, sino de vida. Con aquella manera suya de empezar a relatar, de presentar, de entrevistar... que a los que teníamos diez o quince años nos parecía de otra galaxia. Lo era. Paloma ponía a veces cara de estar en otro mundo, uno absolutamente libre que la autorizaba a responder siempre con osadía -«Mis opiniones no deben formar parte de este programa... Te podría decir que soy frígida»- y quedarse tan pancha. Chamorro nos abrió al mundo, nos enseñó que estábamos en La edad de oro, aunque en aquellos años ni siquiera nos diésemos cuenta. Y cómo contaron. Sin Paloma hubiera sido otra movida.