Hoy, que se cumplen 35 años del estreno de Verano Azul, se puede hacer la comparación. Dónde estábamos entonces, en 1981, cuando aún no había ganado Felipe siquiera y dónde estamos hoy, girados en otro rumbo. En los ochenta con la ilusión que reflejaba la serie, que para los niños de esa década que empezaba, sonaba a moderno: se hablaba del divorcio, del aborto, de las diferencias sociales, se nombraba sin tapujos la regla y hasta se debatía sobre la especulación inmobiliaria, resumida en la inolvidable versión de Joan Báez: «Del barco de Chanquete no nos moverán». Tal vez sin saberlo, Mercero nos adelantó a través de la ficción lo que nos venía encima. Con una ficción encaminada de principio a fin a despertarnos. Su acierto fue poner a nuestra disposición un lenguaje nuevo y unirnos alrededor de una pandilla de amigos. Ni más ni menos. Y a partir de ahí aquel verano de otoño nos encauzó en un sola dirección: a llorar los siete llorares y a carcajearnos con las chiquilladas de unos canijos deslenguados que, a la vez que el país, se espabilaban y perdían la inocencia. Todos a una. Claro que en 1981 la televisión tenía la fuerza única de acorazar a una familia, a la misma hora y en el mismo lugar, por mucha vaina que se cociera en la calle. Hoy son, sin duda, otros tiempos, pero echando la vista atrás me parece que otro Chanquete no nos vendría mal.