Ala periodista Ana Pastor le dijeron un día que cambiase de personaje. «Oye, Ana, ¿por qué no haces un poco de Ana Pastor?». Y Ana Pastor, que ya era Ana Pastor, se puso en plan Ana Pastor al cuadrado.
-Buenas noches, Fulanito, ministro de Nosequé. ¿Cómo se encuentra?
-Hola, buenas noches.
-No me está contestando.
-¿Qué?
-¿Qué de qué?
-¿Cómo? Si yo...
-Venga, venga, que usted es de los que siempre dice que hay que ser transparente. Luego le saco la hemeroteca. Ande, no eluda la cuestión.
Antes, veías una entrevista de Ana Pastor y aprendías más sobre periodismo que en la mitad de la carrera. Se la cargaron de la tele pública porque entendía que su papel era señalar las contradicciones de los que mandan y ser incisiva no como una pose, sino para llegar al fondo de algo: una periodista que hacía de periodista. Pero ahora a Ana Pastor le han pedido que se ponga más Ana Pastor porque los programas de entrevistas son un combate de boxeo en el que lo importante es el presentador y el otro solo es un sparring que pasa por allí. Así que pones a Risto para ver si está muy Risto, a Ana Pastor para ver si está muy Ana Pastor y a Évole para ver si está muy Évole. Al día siguiente lo comentas: «Qué bien estuvo, qué caña dio». Y como aquí somos muy así, rematas: «Debería presentarse a las elecciones».