Vivimos incendiados. No hay más que asomarse a las tertulias televisivas para saber que lo que nos queda por delante es un fuego cruzado en el que será difícil sobrevivir. Un bombardeo constante en que los intereses moverán la artillería en un sentido u otro para que se cumplan los designios del color político. Solo unas horas después de ser alcaldesa, a Manuela ya se le exigía una dimisión en prime time y al día siguiente volaban cuchillos en las mesas periodísticas que son las que hacen básicamente campaña. En este arte de la guerra del «y tú más», como en todas las batallas, se echa de menos la templanza que no es más que la sabiduría de la experiencia. Para ver, por ejemplo, que la gente ha echado al regidor de Bildu de Donostia, después de una mala gestión, en favor de un alcalde peneuivista, del mismo modo que ahora Colau gobierna en Barcelona. El primer error de las guerras (además de pensar que los demás no piensan), dicen, es la precipitación, y el peor, escupir directamente al enemigo. Por eso, como cuenta la leyenda, un anciano samurái venció impasible a las afrentas de una horda de principiantes sin sacar la espada: «Si alguien llega hasta vosotros con un regalo y no lo aceptáis. ¿A quién pertenece el agasajo?». Lo mismo pasa con la rabia. A quien se le nota en la tele lo hunde.