Ochentízame


Aquello que Felipe González predijo que no ocurriría ha ocurrido: Cuéntame llegó a 1982. Aseguraba González una mañana, desayunando con Ana Pastor, que la TVE de Aznar había puesto esa fecha como tope para no fabular sobre la victoria socialista, pero la TVE de Rajoy ha entrado a saco en ese bucle espacio-tiempo que traerá a los Alcántara hasta el presente.

Aterrizó Cuéntame en 1982 y se desató la euforia ochentera. Los tuiteros saltaron a las redes, con hombreras y cardados, a escribir como lo habrían hecho hace treinta años de haber tenido cómo. Con sus comentarios, pusieron de manifiesto dos cosas: una, que los que tienen recuerdos tangibles del Naranjito se deslizan hacia una veteranía desasosegante; y dos, que para los más jóvenes los 80 son un batiburrillo remoto que Cuéntame, y su epílogo Ochéntame, no van a venir a aclarar. Porque de historia, el primer capítulo, poco. Por la victoria socialista pasó de puntillas, igual que por el Mundial y el resto de los acontecimientos del año. Prefirieron los guionistas ir por libre, con una trama entre el Bienvenido Míster Marshall de Berlanga y el Amarcord de Fellini, antes que enfangarse en las procelosas aguas que desembocarán en la política actual. Tal vez un agujero de gusano nos devorará cuando eso ocurra, pero intranquiliza más la idea de mirarnos en el espejo de Cuéntame y encontrarnos con que éramos más modernos entonces.

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