La muerte de un nobel siempre es noticia. Más todavía si el fallecido ostentaba el de Literatura, el más mediático. José Saramago no solo era un escritor singular de prosa original, estaba también comprometido con su tiempo, un activista social que, después de haberse paseado por la platea de Estocolmo, renunció a apoltronarse y a vivir de rentas, réditos y prebendas. Otros parecen sentirse muy cómodos con la aureola nobelista y marcan territorio al resto de los mortales. El óbito de Saramago tuvo la merecida repercusión de quien fue más allá de la literatura.
El catecismo no escrito de la cosa mediática dice que un acontecimiento así alivia la presión sobre los medios del fin de semana al venirles dada la información, siempre hay loas dispuestas a ser oídas y recursos visuales de apoyo. Saramago no rehuía a los medios. La Primera lo llevó a su Informe semanal y La 2 recuperó Azinhaga. Lisboa. Lanzarote de la serie Esta es mi tierra además de un Estravagario centrado en su figura. Simplemente porque disponían de un muy rico material de archivo emitido en consonancia con su condición de públicas. Las privadas no pudieron hacerlo porque la cultura no es lo suyo.