La segunda juventud de un defensor de la vida urbana

Javier Armesto Andrés
Javier Armesto REDACCIÓN

TELEVISIÓN

La concesión del «Nobel» de la arquitectura al británico Richard Rogers, de 73 años, recupera el espíritu «high-tech» de finales del siglo XX frente a las tendencias orgánicas y ecológicas actuales

29 mar 2007 . Actualizado a las 07:00 h.

TREINTA AÑOS EN LA CIMA. Rogers es una estrella desde la inauguración de Centro Pompidou (izquierda), en 1977. La sede de la Lloyds en Londres (derecha) y la T-4 de Barajas son sus otras dos grandes obras Sonaba Kazuyo Sejima -por su arquitectura y porque las cuotas de la paridad tienen que llegar también a los premios-, pero la japonesa tendrá que esperar. Frente a un talento incipiente, la Fundación Hyatt ha apostado por la seguridad de una figura consagrada. Richard Rogers lo es desde que en 1977 se inauguró el Centro Pompidou, la ballena varada en el corazón de París con sus tripas de tuberías, escaleras mecánicas y vigas vierendel al aire, que proyectó junto a Renzo Piano. Precisamente, el italiano -Pritzker en 1998- es uno de los miembros del jurado que han obsequiado a Rogers con el preciado medallón de bronce; así que, de alguna manera, se ha premiado a sí mismo. En realidad, el galardón sirve para reconocer una trayectoria con la que el británico nacido en Florencia ha demostrado ser «un defensor de la vida urbana y un hombre que cree en la capacidad de catalizar los cambios sociales». Según Thomas Pritzker, la ciudad del futuro, tal como Rogers la contempla, «ya no estará más dividida como lo está hoy, en guetos limitados a una actividad. [Las ciudades] se parecerán más a aquellas donde estaba todo mezclado como en el pasado». «Los sitios para vivir, para trabajar, comerciales, educativos y de placer se superpondrán y ocuparán estructuras continuas, variadas y evolutivas», agrega. La pompa del jurado es excesiva. Presentar como un «humanista» al fundador -junto a Foster, Grimshaw y Hopkins- del high-tech británico, la corriente más exhibicionista de las que adaptan la alta tecnología a la arquitectura, parece una contradicción. Cierto que el Pompidou revolucionó los museos, transformando lo que antes eran monumentos destinados a las élites en lugares populares de intercambios sociales y culturales. Pero el resto de su obra es un canto al acero y el cristal de dimensiones colosales, muy alejado de la escala humana: la Cúpula del Milenio y el edificio de la Lloyds en Londres, la Corte Europea de Derechos Humanos de Estrasburgo, la nueva terminal de Barajas... Habría que ver qué parte del museo parisino corresponde a Renzo Piano -probablemente la plaza, el elemento que realmente cambió el paisaje urbano-. Y habría que ver qué parte del Pritzker de Rogers y de otros arquitectos como él podrían atribuirse los ingenieros de Arup & Partners, o, ¿por qué no?, las empresas gallegas Emesa y Horta, que diseñaron y fabricaron toda la estructura de la T-4. El Pritzker ha recuperado una tendencia, el high-tech , que es cosa del siglo pasado. En eso demuestra también poco criterio: lo mismo se premia a un desconocido como Glenn Murcutt -del que se valoraba que era ajeno a los «oropeles» del star system arquitectónico- que a una teórica sin apenas obra construida como Zaha Hadid, un deconstructivista americano (Mayne) o históricos como Utzon o Mendes da Rocha (estos sí, merecidos). Cualquier día se lo dan a Eisenman.