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Channel nº gaditano

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SIN ÁNIMO de meter mis mechas rubias en el controvertido debate sobre las identidades nacionales, qué duda cabe de que las delimitaciones geográficas no son gratuitas y que encierran, entre otras muchas cosas, filosofías de vida dispares. Por ejemplo, si a un gallego se le pregunta cómo está, probablemente conteste «resistindo». Pero si el mismo interrogante se le plantea a un andaluz, con toda seguridad la respuesta sea «luchando». Y luchando por la audiencia de la España no cañí se encuentran los Morancos, profetas en su tierra de Joshuas, Omaítas y Kevin Costner de Jesús, a los que, fuera de la España de olé y sevillana, muchos no acaban de verles el aquel. Y eso que Morancos Channel nº 5 es el menos autóctono de sus productos, aunque huela a manzanilla, a jamoncito del bueno, a chirigota y a mariquita, que no metrosexual, de Cádiz. Quizás, por ello, en Galicia no funcionen como Os Tonechos, ni en Madrid como los Cruz y Raya. Pero para mí, que soy de las que esperan cola en el súper del Puerto de Santa María encantada de la vida, mientras la Mari de turno, ataviada con batita y chancla, escoge «goyures» para su Jeniffer de los Dolores, Los Morancos son el andaluz hecho espectáculo, y una garantía, si no de carcajada, de, al menos, una sonrisa cómplice. Ver a José Manuel Parada, balón de reglamento en mano, al minero Molina travestido en un trilero de barrio, o el clásico tema de Pretty Woman convertido en Apretty Woman , un himno para el tránsito intestinal más efectivo que el de Coronado, es eso que en el sur se da en llamar arte. Claro que, para no pecar de subjetividad, a los Morancos se les desgracia la gracia huérfanos de acento verdiblanco o de americano de Rota.