BENEDICTO XVI pasa de medios y pasa de televisión. Pasa demasiado si lo comparamos con Juan Pablo II, que se iba al lado contrario y salía demasiado. Polos opuestos en cuanto a imagen mediática, sin entrar en consideraciones sobre su gobierno de la Iglesia, que no es éste el lugar. El nuevo Pontífice viajó a Alemania, pasó por un ceremonial multitudinario semejante al que sometían a su predecesor y las cámaras también estaban allí para grabar su primera salida fuera de Italia. Todos los comentaristas destacaron que el antes cardenal Ratzinger no besó su tierra natal, gesto muy común del anterior Papa cuando estaba en condiciones físicas de hacerlo, claro. El gesto de besar el suelo al descender del avión parecía pensado para las televisiones y los fotógrafos. El público no podía contemplarlo en directo al mantenerse a distancia. Juan Pablo II calculaba sus acciones, consciente del poder de los medios. A Benedicto XVI le importan lo justo y eso acaba por pasar factura en popularidad. La anécdota del fuerte viento arrancándole el solideo o enredando su hábito, es eso, una anécdota. El nuevo Papa está poco en la tele, que tiene a sus corresponsalías en el Vaticano con apenas trabajo. Ni es bueno ni malo, allá ellos, pero sorprende que se resista a la fascinación del medio, que, no se olvide, es máquina de popularidad.