INTERFERENCIAS | O |
12 dic 2004 . Actualizado a las 06:00 h.LA CEREMONIA de la 17.ª edición de los Premios del Cine Europeo desde Barcelona confirmó el eterno dilema que les enfrenta a los Oscar. Por un lado una clara intención de marcar distancias ante Hollywood y sus circunstancias, y por otro una notoria incapacidad para despertar del letargo a su propio público. Bien es cierto que por circunstancias ajenas a la industria cinematográfica europea, sus películas apenas asoman a las pantallas propias. Lamentable situación. Ahora bien, tampoco se puede ser tan soso y tan anémico en el tono de una fiesta que se supone coincide con Hollywood en el intento de promocionar el cine hecho aquí. Para más colmo, se dio por La 2 en diferido y a una hora que requiere cierto atrevimiento para seguirla, cuando ya las ediciones digitales de los diarios y las emisoras de radio habían anunciado el palmarés. Mal asunto si la Academia ni convenció a TVE para un prime time por La Primera. Habría multiplicado su audiencia pese a su sosería. Fueron tantas las ganas de ruptura (los invitados ante una mesa fue quizá su mayor logro), que se les fue de las manos. El morbillo de asistir al pugilato Amenábar-Almodóvar se quedó en algunos planos hurtados para mostrar sus rostros más o menos tensos. Y van y premian a una producción alemana sobre Hitler.