Bernardo Atxaga asegura que su última novela supone un final en su trayectoria literaria, y proclama su hastío de la política: «Sobre el País Vasco está todo dicho»
23 sep 2004 . Actualizado a las 07:00 h.Bernardo Atxaga recuerda a Carlos Casares. Si existiese una familia perfecta, él y el escritor gallego habrían sido hermanos. Amables, de aspecto apacible, pero con ideas invencibles. Atxaga puede permitirse no ser ni político, ni correcto, y proclama su hastío sobre el problema vasco: «Las cosas están estancadas en Euskadi, sólo se habla desde la histeria. Ser vasco se ha convertido en un trabajo extra.». -Asegura que presenta su último libro, «El hijo del acordeonista», y a la vez se despide de una etapa literaria. ¿Por qué? -A partir de una edad empieza una segunda biografía, las cuestiones que hasta ahora centraban mis reflexiones pertenecen a un mundo del que cada vez me alejo más, mi juventud, cuyo centro temporal bauticé como Obaba. -Cierra el capítulo de los recuerdos... -Para ser honesto, creo que eso es muy difícil, por no decir imposible. Incluso cuando se hace literatura sobre literatura está presente la biografía, porque siempre aparecen las lecturas realizadas y eso es parte de uno mismo. -En el primer capítulo del libro, un vasco entierra palabras en euskera. ¿Está preparado para las críticas en clave política? -Es normal, casi nunca es posible separar la ideología de la lengua. Tengo una relación muy fuerte con el euskera, siento que debo serle leal a una lengua que puede desaparecer. -En euskera ha vendido 15.000 copias, una cifra más que exitosa. ¿Qué espera de la versión en castellano? -Si consigo una respuesta como esta, mis descendientes se pueden despreocupar.