DESDE HACE años, la ceremonia de los Oscar es de pago en este país porque Canal Plus apostó por la gala ante la indiferencia de las televisiones públicas, que pasaron del tema, porque va de madrugada y su share es aire de mosca. Si nos ponemos chovinistas y entendemos que ya es hora de que al cine made in Hollywood le den morcilla por su vocación de rodillo sobre los cines ajenos, muy bien por ese rechazo. Claro que, si apelamos al derecho a la información y esgrimimos aquel latiguillo tan así del «interés general» aplicado al fútbol, lo de birlar la ceremonia al común de los espectadores no está bien. Los Oscar saturaron programas e informativos en la jornada del lunes y la de ayer. Los flashes de El retorno del rey y la alborotada cabellera de Peter Jackson fueron imagen del día. Los demás, comparsas. Normal, 11 estatuillas no es cosa de todos los años. Pero faltó enjundia a los comentarios, vitriolo a los análisis. Se sabía que la 76 edición estaba marcada por esa película porque Hollywood agradece a quienes llenan sus arcas. No hubo voces advirtiendo del importante hecho de que la ganadora proviene de Nueva Zelanda, o que otros dos aspirantes a mejor director eran de Brasil y Australia. Guste o no a la Norteamérica de Bush, el Oscar es cada vez más global, patrimonio de todos. Las televisiones harían bien en recordarlo a su audiencia.