En el cine todo es luz

César Wonenburger REDACCIÓN

TELEVISIÓN

XURXO LOBATO

Crónica | Visita al rodaje de «La vida que te espera»

10 jun 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

Luis Tosar se fuma un cigarro mientras habla por el móvil. Cuelga, y espoleado por una pregunta envenenada, se pone a meditar en voz alta sobre las listas negras que, según él, existen en el audiovisual gallego desde mucho tiempo antes del «Nunca máis». En voz baja, recita algunos de los nombres proscritos... El rodaje de una película da para eso y para mucho más. Entre toma y toma, el tiempo parece detenerse. Quien crea que en el cine todo es glamour, debería pasarse alguna vez por alguno: contemplado desde fuera, el rodaje resulta uno de los pasatiempos más aburridos del mundo, casi peor que un Juventus-Milan. Ayer, en un centro comercial de Carballo, los protagonistas no eran Luis Tosar, el triunfador moral de Los lunes al sol ; ni su compañera, la actriz Marta Etura, transparente de puro menuda; ni siquiera el tapado del cine gallego, ese Celso Bugallo que ha asombrado al mismísmo Juan Diego (el de verdad, no el soso Botto), curtido en mil batallas, por la fuerza de una mirada que parece traspasar el rostro de su interlocutor. No. La protagonista, ayer, del rodaje de La vida que te espera, lo nuevo de Gutiérrez Aragón, fue la luz, que a veces se colaba incómoda por los ventanales del centro, y otras tantas se hacía de rogar, para desesperación del director de fotografía, y del equipo gallego. Una sombra aquí, un rayo de sol allá, y vuelta a empezar; a emprender de nuevo la misma secuencia. Manuel Gutiérrez Aragón, que lleva a cabo estos días en Galicia el filme número dieciséis de su dilatada carrera, una historia de odios casi tribales y amores en el campo, resume el luminoso incordio: «Rodar en el norte es una gaita: los paisajes son inigualables, pero luego está el problema del sol y las sombras». Admiración En el interior del centro comercial, el cine provoca la admiración de los clientes, que se detienen a mirar curiosos con sus bolsas mientras Celso Bugallo y Luis Tosar discuten acaloradamente dentro de una peluquería, una antigua querella de padres e hijos. No hay aglomeraciones. Las órdenes del equipo se respetan: «¡Acción¿!» Y el mundo real se para unos instantes, en silencio, hasta que la luz vuelva a jugar otra mala pasada y entonces haya que repetir desde el principio por enésima vez. El cine, mejor en la pantalla de plata. Visto a pie de obra, desde el andamio, es una lata.