BLANCA RIESTRA
18 ene 2002 . Actualizado a las 06:00 h.ELA sólo tenía entonces veinte sonrientes años. Convalecía en Coruña de una tuberculosis, la melancólica enfermedad de los poetas, que le dejó como legado, de por vida, unas ganas persistentes de escribir. Vivía en casa de sus tíos, mis abuelos maternos, en la Ciudad Jardín del 37. Empezaba ya por entonces a emborronar cuartillas, jugaba con el abuelo Eduardo al chapeau en el Nuevo Club, asustaba a sus primas pequeñas -tan finolis- abriendo la boca llena, en la mesa, a la hora del almuerzo. «Uaahh, decía masticando, mira lo que tengo». Por entonces, Cela ya fraguaba, ante el escepticismo de toda su familia, la enormidad que fue Pascual Duarte. «¿Estás seguro de que tienes las palabras bien escritas? -le decía mi abuelo, muy serio y aguantando la risa.- Voy a llevarlas a que Roel, el tipógrafo, les de un repaso, para que vea si te faltan letras». Y el Cela jovencito se indignaba. Fue hasta el final un gamberro y un poeta. Todos recordamos sus boutades televisivas, sus declaraciones extemporáneas. Tenía un humor negro y tremendista, que compartía con mi madre y con mis tíos. Imagino que, ahora, cansado de debatirse con las Parcas, se estará riendo desde el nimbo en zapatillas, del brazo de algún santo de nombre biensonante, de esos que le gustaban, San Archibaldo o San Agapito, Santa Genoveva de Brabante o Santa Rita, vigilando sus exequias populosas. Porque, aunque coqueteó con la muerte en sus escritos, su alma muy gallega y esperpétinca no podía dejar de burlarse de los macabros fastos. Recuerdo sus historias sobre féretros que no caben por las puertas, sobre ahorcados, sobre perros que ladran a la luna, sobre fantasmas y aparecidos, sobre ahogados que el mar devuelve sin ojos a las costas. Escogió su tumba bajo un olivo. «Polvo eres y en polvo reverderedes», bromeaba. Dicen que sus últimas palabras fueron para su esposa y para su adorado feudo de Iria Flavia. «¡Viva Iria Flavia!», dicen que pronunció al entregar el alma como quien muere exclamando «¡Viva la Pepa! o ¡A mí la legión!». Cela se ha muerto riendo, alegrémonos. Sus últimas palabras fueron para su pueblo, fueron un chiste y un grito de guerra todo en uno. ¡Menudo compañero le toca en la gloria a nuestra llorosa y delicada Rosalía! O quizás es que el cielo no es más que una pradera de la infancia, un regato en el que recobramos la niñez y los paisajes de colores conocidos e impolutos. Quizás al asomarse a la otra vida, atisbó Cela otra vez el Espolón, los recodos morosos de Extramundi, el olor a yerba fresca en Bastabales, la catedral de Padrón de la que será para siempre Obispo, y a su madre Camila, joven, sonriente, abriéndole los brazos, a la hora de la merienda, en la casita junto a la vía del tren ya para siempre.