Un camerunés residente en Galicia publica la novela «Calella sen saída», sobre la odisea de la inmigración «¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?/ ¿Qué interés te sigue, Jesús mío/ que a mi puerta, cubierto de rocío,/ pasas las noches del invierno a oscuras?» Miles de emigrantes podrían usar los versos de Lope de Vega cada vez que golpean con sus puños las puertas de España. Las playas de Tarifa son el umbral de la muerte, el final de decenas de historias. «Te miran y a nadie le importa quién eres o qué haces», dice Víctor Omgbá, un camerunés que ha novelado su odisea como inmigrante en «Calella sen saída».
17 feb 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Víctor Omgbá (Yaundé-Camerún, 1966) nunca tuvo un libro propio hasta que llegó a la universidad: usaba fotocopias. Otra alternativa era llevar a casa alguna obra de la biblioteca. «Los leia en un par de noches y los resumía; eso me ayudó mucho», recuerda. Él y sus amigos de la universidad leyeron Guerra y paz, de Dostoevski a trozos. «Como era un tocho y sólo había un ejemplar en la biblioteca lo que hicimos fue dividirlo en pedazos; cada uno se llevaba un trozo, pero podías empezar a leer por el capítulo tercero y seguir por el último», explica. Víctor Omgbá se licenció en Derecho. En 1995 le concedieron una beca para seguir estudios en España. Estaba exultante: «Llegué a Madrid inflado de ilusión, como todos; había regalado a mis amigos todo lo que junté durante los estudios y tenía sólo lo que llevaba puesto». Sin embargo, «al llegar presentí que algo pasaba y descubrió que «hay muchas mentiras sobre la emigración». A los tres meses acabó el dinero y la beca nunca llegó. Empezó entonces a escribir y a vivir una odisea de tres años como inmigrante sin papeles. Callejón sin salida En varias ocasiones se vio en el callejón sin salida que da título a su novela, que publica Galaxia y se presenta mañana, a las siete y media de la tarde en la Estación Marítima de A Coruña. Estuvo expulsado del país porque a una abogada se le olvidó presentar sus papeles. Durante esa temporada «trabajaba por la noche en una discoteca y de día no salía de casa por miedo a la Policía». Estuvo empleado talando árboles, de jardinero, limpiando y vigilando barcos,... Hubo noches en las que pensó rendirse, regresar, «pero al día siguiente me decía `debo seguir''». Y siguió. Legalizó su situación. Superó las pruebas de mayores de 25 años en la Uned y está cursando segundo de Derecho. «De ilegal tenía más trabajo que ahora», reconoce. Su familia, a la que mensualmente envía una cantidad de dinero, le ocultó un tiempo la muerte de su madre. Cuando se enteró estuvo a punto de ir a verlos pero pensó que no servía de nada ya que su madre estaba muerta y «cuando llegara no podía despertarla».