Especialistas y generalistas

Es mucho más factible que ganes un salario más alto si te especializas, pero también es cierto que, a largo plazo, las carreras profesionales más exitosas suelen estar protagonizadas por los generalistas


«Un ser humano debería ser capaz de cambiar un pañal, planear una invasión, despiezar un cerdo, construir una barca, diseñar un edificio, escribir un soneto, calcular un balance, levantar una pared, entablillar un hueso roto, confortar a un moribundo, obedecer órdenes, dar órdenes, cooperar, actuar en solitario, resolver ecuaciones, analizar un nuevo problema, esparcir estiercol, programar un ordenador, cocinar sabrosa comida, luchar eficientemente y morir con entereza. La especialización es para los insectos». Tiempo para AmarRobert A. Heinlein (1973)

El 9 de marzo, la Comunidad de Madrid decidió cerrar todos los centros educativos para frenar la expansión del coronavirus, incluyendo la Universidad Carlos III donde esa misma semana tendría que haberse celebrado el T3chfest, para el que Yago había preparado la charla ¿Navaja Suiza o Destornillador? sobre la conveniencia o no de especializarnos a lo largo de nuestra carrera profesional. La había preparado con mucho cariño porque era su primera charla en una conferencia técnica y, además, había hecho un sorprendente descubrimiento -buceando entre datos y estadísticas deportivas- que pensaba revelar durante la misma.

Recuperaremos nuestra vida, el T3chfest volverá a celebrarse y Yago dará su charla, así que no voy a destriparla aquí, pero esta misma semana fue a mí a quien le tocó dar una charla online en la OBA Week y, en el turno de preguntas, alguien me preguntó si le recomendaba especializarse o construir un perfil más generalista. Si estuviera obligado a dar una respuesta binaria apostaría sin duda por la polivalencia, pero si tuviera una Bonilista para desarrollarla, daría rienda suelta a mi galleguidad y contestaría «depende».

Lo cierto es que la inercia del mercado laboral lleva a la especialización. Ha sido así desde las primeras sociedades agrarias y la tendencia se acentuó durante la Revolución Industrial, en la que empezó a decaer la figura del artesano -a cargo de todo el proceso productivo de un determinado bien- y a ascender la del obrero, un trabajador más o menos especializado en una o varias fases de ese proceso, que no podía completar por sí solo.

Esta división o especialización del trabajo tuvo en seguida partidarios y detractores. Adam Smith determinaba en La riqueza de las naciones (1776), considerado el primer libro de Economía moderna, que la división del trabajo representa un aumento cuantitativo de la productividad porque los trabajadores desarrollan más habilidad y destreza en las tareas que realizan y tienen más posibilidades de inventar máquinas y procesos que aumenten esa eficiencia. Por otro lado, Karl Marx argumentaba que el exceso de especialización genera trabajadores con peores habilidades y sin ningún tipo de motivación para realizar tareas cada vez más repetitivas y menos creativas. El mismo Smith consideraba que esta especialización podía condenar a una parte importante de la población a la ignorancia, al tener que realizar labores muy mecánicas y nada intelectuales, y por eso resaltaba la importancia de que el Estado incentive la educación.

Hablando de la Educación precisamente, está bastante extendida la idea de que el sistema actual es hijo de esa Revolución Industrial y su principal objetivo es educar a los futuros obreros para hacerlos aptos para trabajar en las fábricas, despreciando la iniciativa, la individualidad y la creatividad. En realidad, es un mito, puesto que nuestro sistema educativo se basa en el prusiano -establecido en 1807- cuyo objetivo fundamental no era fomentar la productividad sino la obediencia y el control de la población, siguiendo las ideas del filósofo Johann Fichte que en sus Discursos a la nación alemana defendía que «la educación debería proveer los instrumentos para destruir la voluntad» como medio para producir soldados disciplinados que derrotaran al ejercito napoleónico.

Lo más interesante del sistema prusiano es que, aunque se le quiso dar una pátina científica y humanista, era completamente elitista y hasta el mismo puede trazarse la actual clasificación entre generalistas y especialistas. Se dividía en tres niveles, el primero era completamente privado y se reservaba para los nobles -no más de un 1% de la población- que se formaban para ser futuros mandatarios aprendiendo Historia, pensamiento estratégico y habilidades de liderazgo. Al segundo (Realschule) accedía solo entre un 5 y un 7,5% de la población que aprendía profesiones cualificadas (farmaceúticos, arquitectos, abogados) que requirieran las élites. Finalmente, la inmensa mayoría de la población asistía al tercer nivel, la Volksschule o Escuela del Pueblo, donde aprendían a leer y escribir, matemáticas básicas y se incentivaba su obediencia, cooperación y patriotismo.

Pero ¿qué tienen que ver las guerras napoleónicas con la actual división de perfiles especializados o generalistas y qué podemos aprender de ello? Pues todo y nada. Afortunadamente, la lucha sindical y las conquistas de una Sociedad cada vez más igualitaria ha hecho que las condiciones laborales de los trabajadores -especializados o no- mejoren notablemente y la realidad es que, a corto plazo, es mucho más factible que ganes un salario más alto si te especializas, sobre todo cuando dicha especialización aporta un gran valor añadido y las habilidades y experiencia necesarias para adquirirla requieren mucho tiempo y esfuerzo. Pero también es cierto que, a largo plazo, las carreras profesionales más exitosas suelen estar protagonizadas por los generalistas, que copan los puestos de dirección que requieren habilidades generales de coordinación y planificación de tareas, que requieren un conocimiento específico para realizarse eficientemente.

Sobre el papel, entonces parecería tener más sentido que todos siguiéramos una carrera profesional generalista. El problema es que, excepto que seas un noble prusiano, nadie te garantiza el acceso a esos puestos de dirección que son muy limitados. Así que, si apuestas por una carrera generalista te arriesgas a no tener trabajo o acabar en uno donde percibas la retribución de entrada de un junior o aprendiz, aunque tengas veinte años de experiencia en otras áreas.

Teniendo en cuenta pros y contras, ¿recomendaría a alguien seguir una carrera profesional de especialista o generalista? Pues, una vez más, depende. Hay gente que es feliz dominando por completo un área de conocimiento o habilidad, sea la misma la programación de ordenadores, la práctica de la cardiología o el manejo de un torno industrial para producir piezas de metal. Hay otras personas que, sin embargo, se ven atraídas por distintas disciplinas heterogéneas que nunca llegan a dominar tan en profundidad como los primeros.

No hay opción mala, ni unos son conformistas sin ambiciones que prefieren permanecer en su zona de confort ni otros parásitos o inadaptados que viven del trabajo del resto. La única opción que no es aceptable es no elegir ninguna. No optar por un camino u otro, sino recorrer el primero que se presente. No buscar trabajo, sino encontrarlo. Eso no es gestionar tu carrera profesional, sino dejar que la tracen la casualidad o la suerte.

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