Hay un territorio amplio, una especie de triángulo maldito, delimitado por el occidente de Lugo, por las planicies de la Terra Chá y por el área metropolitana de A Coruña, que ha sido borrado de los mapas de los despachos gubernamentales. Y por si el olvido y las agresiones no fuesen un daño suficiente, los estereotipos acaban convirtiendo en plañideras a las personas que habitan estas tierras.
En la primera mitad de los años ochenta comenzó una agresiva cirugía industrial que tenía como objetivo modernizar el entramado empresarial de una España que aspiraba a lograr el certificado de homologación europea. Aquella intervención requirió enormes sacrificios que, se decía, acabarían trayendo un desarrollo mucho más sano, equilibrado y duradero. Había que poner fin al monocultivo naval y diversificar la actividad. Perfecto. Pero resultó que en el reparto de la carga, la peor parte le tocó a Galicia y de forma mucho más dramática a la comarca de Ferrolterra. Antes Ferrol caminaba hacia los 100.000 habitantes; hoy retrocede hacia los 73.000.
Un cuarto de siglo después, As Pontes, casi la única área de ese territorio que escapaba a una crisis prolongada y convertida en estigma sociológico, va a dar su sangre y probablemente su vida para asistir a un enfermo terminal (la minería del carbón). De nuevo, un decreto se aprueba atendiendo intereses coyunturales y seguramente de urgencia electoral, pero sin prestar atención siquiera a la obligación de garantizar el equilibrio territorial y a la necesidad de oxígeno a los incipientes polos de actividad. Y como si hiciese falta subrayar el desprecio, se consigna en los Presupuestos una insultante partida de 100.000 euros para el proyecto del tren al puerto exterior ferrolano.
Los sucesivos Gobiernos -con la ayuda de mandaderos locales- así han actuado. A esta comarca del norte de Galicia se le ha impuesto la penitencia de ser reconvertida a la nada.
