Llevaba las coordenadas de mi casa anotadas a boli en un papel. Entré en mi habitación, encendí mi flamante Pentium 90, con 8 megas de RAM, y pregunté a un programa de efemérides celestes: ¿Cuándo será el próximo eclipse total de Sol?. Tras una línea de puntos, el monitor CRT mostró la respuesta: «12 de agosto de 2026, a las 20.28 y 32 centésimas de segundo». La mecánica celeste era capaz de anticipar el fenómeno con treinta y un años de precisión. La meteorología, en cambio, todavía nos hacía dudar esa misma mañana sobre dónde estaría despejado. A Coruña parecía una buena opción, pero el centro de Lugo tenía mejor pronóstico, así que decidimos verlo desde Sarria. Al llegar encontramos un par de nubes. Poca cosa, aunque habría bastado con que una de ellas se colocase durante dos minutos en el lugar equivocado para perdernos el espectáculo. No quisimos arriesgarnos y salimos a toda velocidad hacia Cospeito.
Allí nos reencontramos con viejos amigos de viajes por el mundo y por los cielos estrellados. Fue un momento emocionante. Con el horizonte despejado, por fin pudimos relajarnos un poco. El Sol comenzó a ocultarse, pero al principio no parecía pasar nada. Si no hubiéramos sabido que había un eclipse, probablemente ni nos habríamos dado cuenta. Solo unos minutos antes de la totalidad empezó a disminuir la luz. Los colores del paisaje se volvieron extraños, metálicos, y las sombras aparecieron mucho más definidas. Era evidente que algo raro estaba sucediendo.
Casi sin aviso, el último hilo de Sol desapareció. Vimos el anillo de diamante y, de forma súbita, se hizo de noche, como si alguien hubiese apagado un interruptor. No era una noche cerrada: una extraña luz blanca, casi antinatural, cubría el cielo. Venus brillaba cerca del Sol y también se adivinaban Júpiter y Arturo. Todo el horizonte parecía un atardecer imposible y en el centro el Sol se había transformado en un objeto increíble: un círculo negro perfecto, rodeado por una corona fantasmal y con un intenso destello rojo a la izquierda del disco interior.
Nunca he visto en la Tierra ningún fenómeno que pueda acercarse a aquellos colores, a aquella saturación y a ese negro agujero de Sol completamente inverosímil. Te emociona, te sobrecoge y, durante un minuto y treinta y cinco segundos, estás en otro planeta a años luz de la Tierra.
De pronto, vuelve la luz. Reconoces el paisaje y te das cuenta de que has vuelto a casa. La espera de treinta y un años había merecido la pena.