Gustavo Zerbino: «Sigo subiendo a aviones. El cobarde muere todos los días; el valiente, una»

Begoña Rodríguez Sotelino
begoña r. sotelino VIGO / LA VOZ

SOCIEDAD

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El médico y deportista da mañana en Vigo una charla sobre superación

13 abr 2021 . Actualizado a las 15:52 h.

Gustavo Zerbino es uno de los 16 supervivientes del famoso accidente de avión en Los Andes de 1972 en el que fallecieron 29 personas, cuya historia se cuenta en la película ¡Viven! Los que se salvaron sufrieron condiciones extremas y hasta que fueron rescatados tuvieron que alimentarse de compañeros fallecidos. Él tenía 19 años e iba con su equipo de rugbi a Santiago de Chile. Casi medio siglo después, Gustavo es un sexagenario exitoso, médico y empresario del sector farmacéutico que además imparte conferencias sobre liderazgo, motivación y gestión de la adversidad. En su caso, nadie puede decir que no es un experto. Se ha convertido en especialista en ayudar a alcanzar metas. Por ejemplo, es coach de la selección de fútbol de Uruguay, pero habla para foros muy diversos. Mañana a las 12.30 horas lo hará desde Montevideo, vía online en un acto de la Fundación Mentor. La conferencia se celebra en el edificio Exeria de la Universidade de Vigo. Se dirigirá al alumnado de la Fundación y a sus patronos, que representan a una veintena de compañías líderes en sus sectores en Galicia ubicadas en Vigo.

-Su experiencia fue extrema. ¿Hablar tanto de ella no le afecta?

-Recuerdo todo aquello, pero no tengo una sola pesadilla ni un solo trauma de la montaña. Nuestra historia no es una tragedia y tiene mucha tragedia. No es un milagro aunque tiene mucho de milagro. Me acuerdo de que soy un superviviente de Los Andes cuando me llaman de medios de comunicación o doy charlas. Las 24 horas del día disfruto de todo lo que hago. Volví a jugar al rugbi y fuimos campeones 12 años, soy director de un laboratorio farmacéutico, hago infinitas actividades. Soy una persona feliz que agradece cada día estar vivo.

-¿Sus compañeros supervivientes también lo ven así?

-Sí, no sé por qué, pero entre nosotros hablamos de esto como si hubiera sido un hecho cotidiano. Puede que por la alegría de volver, el mundo entero nos dio por muertos, nos abandonaron a 4.000 metros de altura en un glaciar a 35 grados bajo cero, sin ropa y sin comida, y ahí tuvimos que hacer cosas extraordinarias y aprendimos que el potencial del ser humano es ilimitado. Rezábamos cada noche el rosario, entre otras razones, para no dormirnos, pero mi Dios no es más importante que el de otros.

-¿Y sigue subiendo a aviones?

-Sí. El cobarde muere todos los días, el valiente, solo una vez. Vivo intensamente. Subo pero mi mente no me dice que voy a un avión. Me reservan el pasaje, entro por un tubo, me siento, leo, duermo y al terminar, bajo. Más seguro que conducir por carretera o cruzar una calle.

-¿Y ha estado cerca de volver a pasar tanto frío?

-Cuando siento algo de frío o viento mi sistema de alerta se despierta. Pero adoro el riesgo, la adrenalina de sentirme vivo. Fui al Polo Sur, estuve a 40 bajo cero en Manitoba, escalé Los Andes y los crucé a caballo muchas veces. La montaña es maravillosa pero no tengo miedo al frío porque tengo tecnología que me protege. Nosotros no teníamos nada.

-Usted era estudiante de medicina cuando tuvo el accidente. Le falta el MIR pero lo que tuvo que hacer convalidaría, ¿no?

-No sé. Llevaba tres meses de Facultad de Medicina y allá tuve que hacer todas las intervenciones que fueron necesarias junto a mi amigo Roberto Canessa, que iba seis meses más adelantado que yo en la carrera. La medicina ya me gustaba y hoy mi vida gira alrededor de la salud. A través de mi faceta en farmacéutica tenemos mucha interacción con el Gobierno por las vacunas contra el covid.

-¿En Uruguay hay el mismo recelo con la de AstraZeneca?

-Un fumador o una mujer que toma anticonceptivos tiene 20 veces más riesgo que con la vacuna. Es un riesgo muy pequeño. Hay que ver el vaso lleno.