Finlandeses

Luis Manuel Rodríguez González
Luis M. Rodríguez CORONAVIRUS

SOCIEDAD

Finlandia, capital Helsinki. Un país nórdico con algo más de 5,5 millones de habitantes. Muchos, muchos lagos cubren su superficie de casi 340.000 kilómetros cuadrados. Y hasta tienen un Papá Noel que recibe a niños todo el mundo, toda una atracción turística de primer nivel.

En tiempos de coronavirus, los finlandeses también acapararon titulares casi a diario, en su mayor parte por razones positivas y casi siempre con una lógica aplastante en lo que se refiere a sus acciones para combatir la pandemia.

El cierre del área metropolitana de Uusimaa, donde se concentra el 31 % de su población fue el primer paso para frenar el contagio del covid-19. También salió a la palestra la existencia de una serie de almacenes distribuidos por todo el país, en los cuales se estaban guardando desde los tiempos de la Guerra Fría material de emergencia como las hoy preciadas mascarillas.

Y, por su puesto, llamaron muchísimo la atención las rápidas y eficaces medidas de Sanna Marin, su joven Primera Ministra, que a sus 34 años y en el cargo desde el pasado diciembre, dio pasos tan revolucionarios como implicar a los influencers más seguidos del país en redes sociales, para que difundieran las medidas y los modos de actuación necesarios para salir de este trance tan delicado.

Más allá de los debates sobre las cifras que bailan según quien las analice, lo cierto es que Finlandia ha sido uno de esos países que reaccionó del modo más efectivo. Y el sentido común, el menos común de todos, alentó la mayoría de los pasos que se dieron en aquellas frías latitudes. Parece que funcionó eso de la Primera Ministra milenial.