La orden para esta cuarentena que estamos viviendo no pudo ser más clara y más tajante: ¡quédate en casa! y quedar es verbo que llega directamente desde quietare: estarse quieto. Algo más difícil de conseguir de lo que pudiera parecer. Ya nos lo dijo Blas Pascal: «Todas las desgracias del hombre se derivan del hecho de no ser capaz de estar tranquilamente sentado y solo en una habitación». Y quizás fue por eso que el legislador decidió añadir un verbo más resolutivo: confinar. En el diccionario de la RAE puede leerse que confinada es «aquella persona condenada a vivir en una residencia obligatoria».

Pero una casa no puede ser una cárcel. Antes de la pandemia era un lugar en el que alguien te esperaba. Pero ahora se ha convertido en muchas y muy diversas cosas. En primer término en un lugar en donde debemos esperar a que se pase el tiempo. Un pasatiempo. Para eso necesitamos inventarnos cosas que nos entretengan. Que ahuyenten el fantasma del aburrimiento. Porque en el aburrimiento percibimos el paso del tiempo como un vacío y nos experimentamos a nosotros mismos como algo irrelevante. Nada hay tan aniquilante como el tedio. Para evitarlo las ofertas son variadas. La televisión, la radio, el teléfono, la tableta o el WhatsApp. Releer algún libro, resolver unos cuantos crucigramas o autoflagelarse con una tabla de gimnasia. O, Dios no lo quiera, ponerse un pijama y fumarse una pipa tumbado en un sofá.

Y llegados a este punto algún lector podría preguntar: ¿no valdría la pena aprovechar este tiempo muerto para reflexionar sobre lo que nos está ocurriendo? Mi respuesta es absolutamente negativa. Que la mutación de un virus, algo que físicamente apenas es nada, esté llenando de cadáveres las morgues de medio mundo y confinando la población del otro medio es un fenómeno cuya reflexión solo servirá para nutrir la angustia y la desesperanza. El único consejo posible consiste en que cada uno gestione su angustia lo mejor que sepa y pueda. Pero por si a alguien pudiera aprovechar ahí les va una foto. El ser humano es un animal sociable. Necesita de los otros. En un confinamiento los otros son los vecinos. Y lo que une es el afecto y la palabra . No la palabra oída en la radio o leída en el diario o la revista. La palabra dicha. Decir es lo que une. Palabras que pueden hacer algo imposible para el virus: cruzar una calle. Y ahí está: mi cuñado Andrés sentado en una silla contándome peripecias de su último viaje. Y removiendo recuerdos de la librería española en Buenos Aires: Borges, Arturo Cuadrado, Blanco Amor, Luís Seoane. Y yo le cuento como hace casi sesenta años varios chiflados subimos a La Zapateira. Y como el Club de Golf fue un síntoma más del empuje de la ciudad en el comienzo de los años sesenta. Y ya solo me queda decirles que esa carretera se llama el Camino de la Colina. Y que para los dos que estamos sentados a su vera podría denominarse el Camino del Corazón.

el zaguán del sábado

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