Radiación ultravioleta, la clave para acabar con el virus

La llegada de la primavera aumentará la incidencia de esta radiación natural, pero el estado del cielo será determinante para su distribución


En estos días de confinamiento hay quien considera que el tiempo es un tema menor. Al fin y al cabo, si nadie puede salir de sus casas, ¿a quién le importa si el cielo está despejado o no y si hace más o menos frío? Sin embargo, conocer las condiciones atmosféricas en estos momentos resulta más imprescindible que nunca. La meteorología puede jugar un papel fundamental en la crisis generada por el coronavirus. Aunque se desconoce cómo le afecta exactamente la temperatura, lo que parece bastante claro es que la radiación ultravioleta puede ayudar a acabar con el virus. En China se han improvisado espacios de limpieza a base de luz ultravioleta para desinfectar algunos medios de transporte públicos. Muchos autobuses se someten diariamente a baños de luz ultravioleta para acabar con el virus. «Creemos que se trata de un virus estacional y, por tanto, cuando venga un tiempo más seco y aumente la energía solar, los contagios por contacto con objetos inanimados contaminados serán prácticamente nulos», explica Carlos Pereira, profesor de Virología en la Universidad de Santiago. 

A las 4.50 horas de la madrugada de este viernes comienza la primavera. Con la llegada de la nueva estación, la radiación ultravioleta irá aumentando de forma progresiva. Los próximos meses podrían ser determinantes para frenar la propagación del coronavirus, pues entre marzo y junio se produce el mayor incremento de radiación ultravioleta de todo el año. Ahora mismo, el valor oscila entre 1 y 4, aunque irá ascendiendo hasta alcanzar 8 y 9.

El papel de las nubes

Pero aunque la radiación ultravioleta vaya en aumento de forma natural, el estado del cielo en cada momento resulta imprescindible. Las nubes juegan un papel fundamental en su distribución. La cantidad de radiación varía en función del tipo de nubosidad. Las nubes densas y oscuras bloquearán con más intensidad la energía ultravioleta. Por ello, de nada sirve que la primavera avance si el sol no hace acto de presencia, y por eso mismo es tan relevante conocer el tiempo ahora mismo. Básicamente, se necesitan condiciones secas. Contemplar un día soleado desde la ventana sin poder salir al exterior puede resultar bastante frustrante, pero cada día sin nubes el virus sufrirá un poco más y los gallegos podrán recuperar antes la normalidad.

Los matices del anticiclón

Con el regreso de la primavera el aire cálido toma protagonismo en el hemisferio norte y alimenta al anticiclón de las Azores. En este período del año el sistema de altas presiones tendrá mayor oportunidades para situarse cerca de la Península. Sin embargo, desde esta posición la influencia puede ser beneficiosa para el resto de España y no tanto para Galicia. 

El viento que genera tiempo seco generalizado es el nordés. Puede ocurrir que el anticiclón se encuentre cerca de la comunidad, pero que la circulación del aire sea del oeste, en cuyo caso la humedad será notable y persistente. Esta semana se podrá asistir a estos matices. Hasta el jueves el nordeste dejará días soleados, y a partir del viernes cambiará ligeramente la dirección y el viento del norte traerá nubes y chaparrones.

La célula de Ferrel, donde habita el coronavirus

Xavier Fonseca

No es casualidad que el impacto del virus que afecta a todo el planeta se concentre entre las latitudes 30 y 60 grados norte

El Sol no calienta toda la Tierra con la misma intensidad. La inclinación del eje de rotación terrestre produce que la radiación solar sea más fuerte en el ecuador. El planeta, que busca constantemente compensar este desequilibrio, pone en marcha corrientes de aire que se encargan de desplazar el calor y el frío allí donde escasean. 

La búsqueda del equilibrio arranca en la latitud cero, donde el aire cálido, que pesa menos que el gélido, tiende a subir. Cuando alcanza una determinada altura se mueve hacia el hemisferio boreal y austral. Durante su viaje por las capas altas de la atmósfera, el aire se enfría lo suficiente como para ganar peso y caer otra vez hacia la superficie. Esto ocurre a unos 30 grados de latitud en cada uno de los hemisferios. Ahí están los cinturones de anticiclones como el de las Azores, que en el hemisferio norte cierra la conocida como célula de Hadley.

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