¿Qué llegarías a hacer por un «like»?

Los expertos alertan: los adolescentes abusan del móvil; de media lo consultan cada siete minutos


redacción / la voz

Marta (nombre ficticio) acostumbra a llevar a su hijo pequeño al parque para que juegue con el resto de niños. Mientras él se sube y baja del tobogán, aprovecha para consultar su Facebook. «Será solo un minuto», piensa. Pero el tiempo vuela y termina una hora seguida pegada a la pantalla de su teléfono móvil. Sesenta minutos en los que pierde de vista a su hijo, que desaparece del parque. Puede parecer una situación disparatada, pero lo cierto es que es un caso real. «Afortunadamente lo encontró muy rápido, pero se llevó un buen susto. Fue cuando se dio cuenta que de verdad tenía un problema». Así lo cuenta Antonio Tova de Llano, psicólogo coruñés especialista en adicciones a redes sociales. «He tenido pacientes que por conseguir likes habrían hecho verdaderas barbaridades, como subir fotografías desnudos», cuenta.

Según datos del Gobierno, que incluyó el año pasado las adicciones a las nuevas tecnologías en el Plan Nacional de Adicciones, el 18 % de los menores entre 14 y 18 años hacen un uso compulsivo de las nuevas tecnologías y, además, un 9,8 % reconocen haber apostado dinero en un juego de redes sociales. «Se está dejando de hacer cosas cotidianas por consultar los perfiles de Internet», añade Tova.

Por su parte, Joaquín-González Cabrera, investigador de ciberpsicología de la Unir, no considera estos comportamientos como una adicción. La nomofobia, que es el término técnico, la describe como un trastorno de ansiedad ante la desconexión del teléfono móvil. «Los adolescentes están prefiriendo lo on-line a lo off-line», explica. Esto genera «problemas de narcisismo que nunca antes habían existido, porque ahora vivimos proyectados hacia fuera. La gente hace cosas innombrables solo por conseguir un like», comenta el investigador. Pone de ejemplo uno de los últimos «challenges», en el que te intercambias con un compañero el teléfono móvil durante unas horas. «Durante ese tiempo puedes suplantar la identidad del otro, ver sus fotografías, acceder a su WhatsApp y compartir su información... ¿En qué cabeza cabe la violación severa de la privacidad por un reto que no tiene ningún sentido? Imagina que en él tienes una foto ligera de ropa. Esa persona podría reenviarla y comenzaría un proceso de sexting», reflexiona.

Los teléfonos móviles nos permiten estar más cerca que nunca de aquellos que tenemos lejos, y más distanciados de los que tenemos al lado. Es cada vez más frecuente ver que dos amigos se ignoran mutuamente por estar atendiendo a sus teléfonos móviles. Este fenómeno se conoce como phubbing, tal y como explica Manuel Armayones, experto en salud electrónica. «Estamos construyendo una sociedad tecnodependiente. Nunca antes en la historia se había dado el caso de que un objeto fuese una extensión física de nosotros mismos. Hay quien dice que es nuestra ‘‘alma electrónica’’», comenta.

Para él, uno de los grandes problemas que genera el uso abusivo de los teléfonos móviles es que «somos cada vez más individualistas», un hecho que se ejemplifica, según Armayones, con los selfies: «Nos los hacemos porque ya no queremos ni interactuar con otra persona para que nos haga la foto. Hay gente que reconoce que le da miedo que le roben el teléfono móvil», explica. Puede llegar a entenderlo porque «en ese cacharrito llevamos absolutamente todo. Tanto nuestra vida personal como profesional. Si lo perdemos, es normal que colapsemos», dice. Armayones lanza una pregunta al aire: «¿Es normal que tengamos tanto en tan poco?».

Desconexión

La gente joven, sobre todo los adolescentes, son los que más tiempo dedican al móvil. Según un informe del programa psicoeducativo Desconect@, estos consultan su teléfono cada siete minutos como media. «Lo más importante para poder tratar una adicción es que la persona sea capaz de identificar el grado de dependencia que tiene», explica Tova. Como ejercicios básicos para desconectarnos destaca acciones tan sencillas como «no llevarse el móvil al baño» o «no utilizarlo mientras se está en la mesa».

En ningún caso considera que retirar los dispositivos de forma inmediata sea la solución. «Hay que aprender a utilizar el teléfono de forma lógica. El 80 % del uso que hacemos del mismo se podría posponer», indica.

Miopía, tendinitis, sordera... las dolencias del «Homo tecnologicus»

UXÍA RODRÍGUEZ

Nuestro cuerpo no está preparado para soportar una vida hiperconectada

El Homo tecnologicus se despierta cada día con el móvil en la mesilla de noche o debajo de la almohada. Al abrir los ojos, lo primero que ve es la pantalla de su smartphone: un repaso por los wasaps sin leer, revisión al e-mail, lectura de las primeras noticias del día... Todo, antes de salir de la cama. De camino al trabajo, la postura es la habitual, cascos puestos y cuello casi siempre inclinado mirando hacia abajo. La vista en el móvil por si llega algo, por si pasa algo, por si se pierde algo. No son ni las nueve de la mañana pero los dedos pulgares ya han tecleado decenas de cientos de palabras. Al llegar a su puesto, el Homo tecnologicus enciende el ordenador, al que estará mirando hasta la pausa para comer. Hora de revisar el teléfono. Ordenador, móvil, ordenador, móvil... hasta llegar a casa. El momento de desconexión del día. Tiempo para ver una serie en la televisión o la tableta. De nuevo, en la cama, antes de cerrar los ojos, contesta a los últimos wasaps. Echa un último vistazo a esa prolongación del brazo que no ha soltado prácticamente en las últimas 14 horas.

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