Cuando estudiar no es pan comido

Begoña Rodríguez Sotelino
begoña r. sotelino VIGO / LA VOZ

SOCIEDAD

M.MORALEJO

Laura Rodríguez Tarija, una joven sordociega, terminó el ciclo de grado medio de panadería en Vigo apoyada por una intérprete y una mediadora de la ONCE

15 jul 2019 . Actualizado a las 14:31 h.

La broma de tertuliano alporizado de Albert Rivera es cosa seria para Laura Miriam Rodríguez Tarija. Lo que ella escucha es siempre el silencio y nada más. Bueno, hay otro detalle. Que tampoco ve bien. De un ojo, nada. Y del otro, solo un poco. Aun así, la joven de 26 años acaba de terminar este año sus estudios, un ciclo formativo de grado medio de Panadería, Repostería y Confitería que hizo en el Centro Integrado de Formación Profesional Manuel Antonio, en Vigo.

El ciclo es de dos cursos y a ella le llevó cinco años. No fue pan comido, pero lo consiguió. De todas formas, nada es fácil para ella desde que nació. Sus manos, sus brazos y sus gestos son su voz y hablan por ella, si su interlocutor entiende la lengua de signos. Casi nunca es el caso. Por eso a su lado, como una lapa con patas que le ha seguido durante buena parte de su formación académica, está Susana Crespo. Ella es la intérprete asignada por la Consellería de Educación, el puente que la une con las muchas personas que cuando habla, y hasta cuando grita, solo oyen el silencio.

Laura nació en Buenos Aires. Su madre decidió buscarse el futuro en España y barajó Madrid y Vigo como posibles destinos. Optó por Galicia y cuando se asentó y consiguió un trabajo, volvió a Argentina a por sus dos hijas, que habían quedado al cuidado de su abuela y su tía.

La familia llegó a Vigo cuando Laura contaba 11 años y si la integración en un nuevo país es dura, para una persona sordociega es como viajar a otro planeta. Además, según cuenta, la lengua de signos en Argentina es diferente a la española. «Fue como volver a empezar de cero», reconoce.

Ya en la ciudad, su primer colegio fue el CEIP Escultor Acuña, un centro público de referencia que atiende a niños con problemas auditivos. En su país de origen, la panadera recién diplomada recuerda que fue a un colegio de monjas donde los niños que tenían problemas auditivos no podían estudiar lo que querían. Estaban predestinados a tareas como coser y a materias como matemáticas no podían acceder.

En el Escultor Acuña logró ponerse al día con mucho esfuerzo, con el reloj en contra en un centro para alumnos de primaria. Después se fue a un centro privado que no era lo que prometía y su formación profesional comenzó con un curso de FP básica en el IES Ricardo Mella.

Universo paralelo

Nada sería igual para Laura sin el respaldo casi vital de una intérprete y además, en su caso, de la asistencia de Verónica Jorge, mediadora de la Fundación ONCE que refuerza con apoyo en clase y después de clase, de la información que Susana Crespo le transmite.

El entorno del Manuel Antonio parece un universo paralelo en un mundo ideal. Lucho Tizado, el profesor de panadería y bollería, saluda de viva voz y también se comunica con Laura en la lengua de los sordos. El docente advierte que es casualidad, que cuando él empezó, su primer destino fue un colegio de sordos en Santiago, así que aprendió su lenguaje y como ha convivido y sufrido con ellos, recuerda y subraya la importancia de la ley del 2007 impulsada por José Luis Rodríguez Zapatero, que reconoce las lenguas de signos españolas y regula los medios de apoyo a la comunicación oral de las personas sordas, con discapacidad auditiva y sordociegas. La última fase de la formación académica incluye prácticas en la vida real. En su caso, en una panadería. En el centro son conscientes de lo que supone. El empresario puede ser benévolo, pero lo que cuenta es la producción del día. Laura pasó la prueba. «Entré con inseguridad y con miedo», reconoce, pero casi dos meses y medio después culminó con éxito su inserción laboral exprés. «Ahora me voy a tomar un tiempo para ver qué quiero o qué posibilidades tengo», apunta.

Tras siete años a su lado, a Susana se le escapan las lágrimas. «Han sido muchas cosas las que he vivido con ella y ha terminado siendo mucho más que un trabajo», admite la profesional compostelana, que lleva 14 años dedicada a una labor intensa y gratificante. Lo mismo le ocurre a Verónica. Todos han sido la voz, los oídos y los ojos de Laura para que Laura pueda ser ella y labrarse un futuro independiente.