El papa, con Évole: «La Iglesia no puede ser Iglesia sin la mujer»

Francisco hace una defensa de la integración femenina en la vida de la Iglesia más allá de la funcionalidad. Al tiempo, tras condenar las mafias de trata de mujeres, dijo respetar el ejercicio de la prostitución elegido libremente


Redacción / La Voz

Francisco hizo una defensa de la integración femenina en la vida de la Iglesia más allá de la funcionalidad puntual. Admite que no está bien representada. «No basta con la funcionalidad, con escucharla, darle funciones... La Iglesia no puede ser Iglesia sin la mujer. La mujer es protagonista», incidió el pontífice, que recordó que cuando se apoyaba en su trabajo en Buenos Aires en grupos de consultores que incluían mujeres los resultados mejoraban sensiblemente y las soluciones eran siempre más ricas. «Hay que meterse con ello y empezar a moverse, pero cuesta, claro que cuesta», reconoció.

Siguiendo con la situación de la mujer, el papa calificó de auténtico terror las mafias de trata de blancas y deploró el engaño a las jóvenes inmigrantes para dedicarlas como esclavas de las redes de prostitución. «Otra cosa es cuando hablamos de una opción libre, cuando una mujer decide dedicarse a la prostitución porque le gusta o porque lo considera adecuado para ganar dinero o lo que sea». Bergoglio defendió ante Jordi Évole la libre elección, al mostrar respeto absoluto por las opciones que toman las personas: «Los seres humanos deben ser señores de sus decisiones».

Metido en harina, matizó las noticias publicadas en los últimos tiempos que generaron polémica en torno a sus palabras sobre asuntos como la homosexualidad o el feminismo. Y aseguró que jamás dijo que debían mandarse a los homosexuales al psiquiatra, sino que a veces las familias no debían temer recurrir al consejo de especialistas, a acudir al psicólogo o a consultas, si advertían rarezas o comportamientos que les chocasen en los niños, que debían buscar ayuda o apoyo para entender lo que pudiese pasarles a sus hijos pequeños, ya que jamás se debía echar del hogar a un hijo homosexual. Había que entenderlo, quererlo y acompañarlo. Y respetar su opción sexual cuando esta estuviese fijada. «Las tendencias no son pecado», zanjó

Sobre el feminismo, dijo, en una ocasión en que hablaba sobre los movimientos o activismos radicales, únicamente había afirmado que «todo feminismo corre el riesgo de transformarse en un machismo con polleras [faldas]», y que nunca había equiparado feminismo y machismo. 

Negó que se sintiese intimidado por quienes habían visto defraudadas las expectativas que despertó su nombramiento como papa y que requieren cambios más rápidos. Él, anotó, llegó a Roma con su valijita y un billete de vuelta a Buenos Aires, y sigue teniendo claro cuál es su papel. No está preocupado por la fama: «¿Qué me añade a mí? Nada», recalcó. «Hago lo que puedo. Sigo adelante», resumió y concedió que los mecanismos sociales no son fáciles de mover, pero que sigue trabajando. «La espuma de la fama dura un minuto», incidió para dejar patente que él no va a resolver todos los problemas de un plumazo, por mucho que haya gente que así lo espera: «El redentor es uno solo y murió crucificado», proclamó no sin humor. 

«La entrevista que no gustará ni a los que tienen el poder ni a quienes lo ambicionan». Con esta frase, calentaba motores Jordi Évole, quizá el presentador más envidiado últimamente por haber conseguido un propósito al que aspiran prácticamente todos los periodistas del mundo: entrevistar al mismísimo papa. La charla comenzó con un exceso de buenas palabras, de jabón, bromas blancas sobre lo mucho que el pontífice gusta a la madre del periodista catalán y una dramatización absolutamente prescindible (patética) sobre la cura de un leproso por un joven San Francisco de Asís, ficción que seguramente hizo desistir a más de un televidente.

Al margen de comulgar o no con la Iglesia, de estar de acuerdo con su figura, con su manera de hacer las cosas o con lo que representa, Jorge Mario Bergoglio es, como Francisco, una de las personas más importantes del planeta, y La Sexta logró emitir la codiciada conversación que el equipo de Salvados mantuvo con él en el Vaticano

El papa empezó contando cómo vive, cómo no usa teléfono móvil ni WhatsApp, cómo hace sus comidas con los demás, sin un trato preferente ni palaciego, cómo duerme perfectamente -«como un tronco», corroboró-, entre las diez de la noche y las cuatro de la mañana, y tras comer poco después de la una de la tarde echa una siestecita de unos cuarenta minutos. Y sobre las redes sociales dejó un interesante apunte: no es lo mismo estar conectado que estar comunicado, y es esto segundo lo que mejora y necesita la condición humana, no la conexión que es algo, reseñó, puramente tecnológico. 

Reconoció en este encuentro que, de vez en cuando, es necesario limpiar la Santa Sede, un Estado que no se salva de los pecados y vergüenzas de otras sociedades: «Tenemos los mismos límites y caemos a veces en las mismas cosas (...) El trabajo es ir limpiando, limpiando, limpiando». Incluso reconoció que la Iglesia tiene un pasado y que muchos de sus pasajes históricos no son como para estar orgullosos, en velada referencia a cómo actuó en muchas ocasiones en connivencia con el poder, olvidando a las personas, a sus pobres.

Así, durante la entrevista, Francisco y Évole tocaron temas tan diversos como la memoria histórica y la desigualdad, los abusos sexuales en la Iglesia y la inmigración. De «injusticia» califica el sumo pontífice que los países cierren la puerta a todos aquellos que migran por la guerra, el hambre, o la explotación, apelando a la «actitud cristiana» para recibir, acompañar, promover e integrar. Firme, el papa reprueba la retención en Barcelona del barco de la onegé Proactiva Open Arms, conocido por sus tareas de auxilio a migrantes en el Mediterráneo, y pide a los católicos que rechazan la inmigración que lean el Evangelio y sean coherentes con él. Incluso fue tan preciso como para restar responsabilidad a Barcelona en la situación del buque y señaló al Gobierno español. Entiende que la única idea que puede mover esta actuación, al bloquear un mecanismo de salvamento, es «buscar que los inmigrantes se ahoguen. El mundo se olvidó de llorar», lamentó.

Pero hizo extensivo el problema de España a toda Europa, y recordó que muchos países como Líbano, Jordania o Turquía, lugares más pobres, están acogiendo a los refugiados por millones. El problema de Europa, según el pontífice, es que se olvidó del éxodo que vivió hacia América -«donde sus hijos fueron aceptados»- tras las grandes guerras y también «que no crece» demográficamente: «La madre Europa se volvió demasiado abuela. Envejeció de golpe. Está ensimismada, no quiere tener hijos ni inmigrantes, y así no hay futuro». En ese mismo sentido, advirtió contra el uso del miedo para manipular a la gente y recordó que «el miedo es el material sobre el que se edifican las dictaduras. Las grandes dictaduras del siglo pasado empezaron con el miedo. Y esto se puede repetir». Bergoglio instó a escuchar y comprender la desesperación del inmigrante que se lanza sin medir las consecuencias en busca de una vida mejor, huyendo de la miseria y empujado por la ilusión. 

Y considera que, «en general», es causa de las migraciones un sistema económico capitalista «concebido como salvaje» que provoca desigualdad y guerras: «Sostengo que estamos ya en una tercera guerra mundial, a pedacitos». Aunque Bergoglio dijo no estar en contra del capitalismo, siempre que sea cabal, y opuso la economía social de mercado a las puras finanzas sin corazón.

Francisco también condena propuestas como la que propugna el presidente estadounidense Donald Trump de erigir un muro fronterizo con México -«El que levanta un muro termina prisionero del muro que levantó. Y eso es ley universal»-. Contra los muros, añadió, se han creado los puentes, que unen, que comunican, y rememoró un pasaje del libro Un puente sobre el Drina, novela del escritor serbio Ivo Andri?.

También se declaró apenado por la venta de armas a Arabia Saudí desde países como España: «Me da pena. Pero diría que no es el único Gobierno».

Aseguró no tener opinión alguna sobre la exhumación de Franco. Defiende el derecho a la verdad, a una sepultura digna y a encontrar los cadáveres de los familiares de las víctimas de la Guerra Civil, un caso que compara con los más de 30.000 desaparecidos durante la dictadura argentina. «En Argentina se sigue haciendo eso, lentamente... Es un derecho. No sólo un derecho de la familia, de la sociedad. Una sociedad no puede sonreír al futuro teniendo sus muertos escondidos. Nunca va a tener paz», argumenta.

Sostiene, además, que la cumbre sobre los abusos recientemente celebrada por la Iglesia ha permitido «iniciar procesos» para «curar» a los afectados y apunta que, «por supuesto», recomienda a víctimas de abusos por parte de religiosos que llamen a la policía. Aunque relativizó levemente la responsabilidad de la Iglesia en la ocultación de los casos de abusos. «No se pueden juzgar hechos del pasado con la hermenéutica de otra época», dijo. Y tras un titubeo puso el ejemplo de moda tras las polémicas declaraciones del presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, que reclamaban a España que se disculpase por acontecimientos de hace 500 años. «No se puede interpretar la conquista de América con la hermenéutica de hoy», insistió para recordar que el escándalo de la Archidiócesis de Boston que destapó los abusos de la Iglesia en cientos de casos de pederastia ha cambiado la óptica y ya no sirve lavar los trapos sucios en familia. Eso es bueno, dijo, y ahora se hacen las cosas de otra manera. Hay un proceder nuevo aceptado para seguir adelante y las estadísticas apoyan que las cosas están cambiando. Sobre las críticas a la tibieza de su actuación, dijo que «podría haber ahorcado a cien curas abusadores en la plaza de San Pedro» y hubiera ganado mediáticamente, pero él prefiere, agregó, «iniciar procesos sanadores irreversibles y eso lleva su tiempo». Todo ello no le impide comprender la insatisfacción de las víctimas, que en su dolor exigen respuestas y resultados, y una mayor inmediatez en las correcciones. Ante eso solo le resta callar, rezar y acompañarlas.  

Y habla del aborto tras una violación -«¿Es lícito eliminar una vida humana para resolver un problema? ¿Es lícito alquilar a alguien para que la elimine?»-, del papel de la mujer en la Iglesia y de su reticencia a instalarse en el Vaticano por los «chismes que había»: «El chismorreo es lo peor que puede haber, y acá lamentablemente hay chismorreo. No te digo que se vive en el chismorreo, pero hay. El chismorreo denigra a una persona. Sea cura, sea monja, sea laico... Vivir de cuentos. Eso te baja, te tira abajo la dignidad. Es de terror eso, vivir juzgando a los demás».

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