La esperanza de los sin techo en Lisboa

La Comunidad Vida y Paz ya atiende a casi 1.500 desamparados


Lisboa

Filomena y Mario son dos de los seiscientos voluntarios de la Comunidad Vida y Paz que diariamente recorren la capital lusa para atender a las personas sin hogar, llevándoles esperanza e intentando convencerles para que dejen la calle. «Tiene que ser por su propia voluntad, no podemos obligarles, no es fácil, por las numerosas enfermedades físicas y mentales, además de las adicciones que sufren», declara a este periódico Filomena, quien colabora con la comunidad desde hace 20 años y nunca ha faltado a su cita de los viernes por la noche, cada 15 días. «Me siento en deuda con ellos, ya que hasta mi jubilación era oficial de juzgado y velaba para que se cumpliese la ley -continúa-. La mayoría están en la calle y fuera del sistema porque no tienen esperanza, han caído a lo más bajo, sin familia que les ampare, todo les da igual, no tienen fuerza para salir del hoyo». Su marido Mario, también voluntario, conduce la furgoneta, de la «volta», ruta nocturna, en la que también participan, María José, quien contabiliza las acciones e incidentes, y Luisa, que da apoyo a Filomena en la atención directa.

Para Mario, «esto es tan duro que solo podemos venir cada 15 días, tenemos que darles lo mejor de nosotros y después recuperarnos. Ellos merecen nuestra ayuda, no es solo repartir comida». En la vuelta cuatro personas viajan de manera excepcional. Son Vanda, João y Joana, técnicos de la unidad terapéutica da Quinta do Espírito Santo, una de las tres de Vida y Paz. Vanda avanza: «Es fundamental conocer in situ, también por la noche, su realidad. Por desgracia alguno de ellos ha abandonado nuestras terapias y vuelto a la calle, estamos aquí para ayudarlos». Joana añade: «Dan ganas de sacarlos de las aceras, de los portales pero no podemos si ellos no quieren; tenemos que respetar su voluntad sin bajar la guardia».

La ruta sale todas las noches, los 365 días del año, y atraviesa los barrios de Olaias, Olivais, Chelas, Expo, Xabregas y Santa Apolonia.

Henrique, Miroslav, Manuel, Joaquim, João, son cinco de los muchos sin techo que encontramos durante la madrugada. Casi todos son hombres, portugueses, con una experiencia vital terrible por detrás y con pocas ganas de hablar. Aunque también hay parejas, como una de jóvenes de las Azores, «asustados y a los que estamos intentando buscar una casa», dice Filomena. Si hay una imagen que impacta es la del campamento de tiendas bajo el viaducto de Santa Apolonia, con personas bastante demacradas y enfermas, mezcladas con otras que sufren adicciones. «Aunque muchos de ellos no quieren hablar, sabemos que nos necesitan -argumenta Filomena-. Alguno está muy enfermo y cualquier día morirá en nuestros brazos, como ya ha ocurrido».

La Comunidad Vida y Paz nació hace 30 años, en una furgoneta, en el barrio de Alcántara, de Lisboa «gracias al tesón y a la humanidad de una religiosa, la hermana María. Hoy estamos en toda la ciudad y apoyamos en el terreno a 450 personas y a más de 1.000 en nuestras unidades», afirma Henrique Joaquim, su director general.

Los datos hablan por si solos, 116 trabajadores y 681 voluntarios de Vida y Paz se encargan de dar apoyo en la calle, en el espacio de diálogo y en una siguiente fase, en las tres comunidades terapéuticas y en los pisos de reinserción. El objetivo, es curar adicciones y ayudar a encontrar un sentido a su vida. Joaquim reconoce «el papel decisivo» del presidente portugués, Rebelo de Sousa, «alertando a la opinión pública de los problemas de los sin techo». Su discurso es claro: «El presidente considera prioritaria nuestra causa y con su presencia ayuda a que las empresas colaboren donando alimentos, o patrocinando acciones fundamentales para nuestro funcionamiento diario». «Quiere que destinemos los 10.000 euros, del Premio Fernández Latorre, a la atención directa de los sin techo, y así lo haremos», concluye.

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