La comunión más evidente entre los pasajeros de un avión no es la sensación de libertad sino la ansiedad
24 dic 2017 . Actualizado a las 05:00 h.Cuando voy en avión y miro a través de la ventanilla, siempre me esfuerzo por entender lo que dice el paisaje. Al final, a base de fijarse, uno adquiere una cierta práctica: las largas filas amarillas y rojas en otoño delatan viñedos; los círculos verdes revelan regadíos; los cuadrados esmeralda significan arroz.
Hubo un tiempo en que se pensó que este ejercicio de mirar por la ventanilla de un avión cambiaría el mundo. Cuando se generalizó la aviación civil se pensaba que el aeroplano, por sí mismo, transformaría no solo las comunicaciones sino la mente humana. La gente viajaría tan fácilmente a lugares lejanos que se iría desprendiendo rápidamente de sus perjuicios, comprobarían que desde el aire no se ven fronteras y la contemplación de la naturaleza, en la comunión del viaje, les haría especialmente sensibles a su belleza. Se pensaba en el piloto como una evolución del ser humano. Su proximidad al cielo le convertía en un semidiós. H.G. Wells, el gran escritor de ciencia-ficción, precisamente, imaginó un mundo destruido por los egoísmos nacionales de cuyas cenizas nacía otro, unido bajo un gobierno mundial de los pilotos, que, como ángeles guardianes, mantendrían la paz.
Sin embargo, el mismo año que se estrenó en las salas de cine la película de esa novela utópica de Wells, se bombardeaba por primera vez una gran ciudad, Madrid. Luego siguieron Londres, Hamburgo, Dresde, Tokio, Hiroshima... El resto de la argumentación también pecaba de optimismo. Viajando, uno de se libra de unos prejuicios, pero adquiere otros. La comunión más evidente entre los pasajeros de un avión no es la sensación de libertad sino la ansiedad. Y, al final, la primera hermandad que surgió del avión fue la jet set, los ricos y famosos que pasaron a llamarse así porque eran los únicos que viajaban en avión a reacción en aquellos tiempos. Ni siquiera es cierto que desde el aire no se vean las fronteras. Se ven, de hecho, con más claridad que desde la tierra, si uno sabe mirar. Volando sobre la República Dominicana uno puede colegir donde empieza Haití, porque se terminan los árboles y aparece ante la vista un país completamente deforestado. En un vuelo nocturno, los potentes focos de vigilancia le señalan al pasajero dónde está la frontera entre la India y Pakistán. Uno no solo ve las fronteras, entiende sus causas y consecuencias, el por qué están ahí. Por ejemplo, uno sabe que ha dejado de sobrevolar Polonia porque los campos, de repente, son más grandes - a diferencia de los países vecinos, en Polonia fracasó la colectivización-. Eso es lo que pienso cuando miro por la ventanilla de un avión: que la aviación no ha cambiado el mundo tanto, al menos no en el sentido en el que esperaban los teóricos de la utopía, pero lo ha hecho más comprensible. Es como una partitura que se puede leer: el pueblo dispuesto alrededor de un castillo cuenta una historia, lo mismo que el que está alrededor de una catedral cuenta otra. Se puede fijar uno en que, en Europa, la parte occidental de todas las grandes ciudades tiene más verde que la oriental, porque es donde viven los ricos; y viven ahí porque las fábricas solían estar en el este para que el viento, que en nuestro continente sopla del oeste, se llevase el humo. Si uno vuela, por ejemplo, sobre Pomerania, debe saber que los puntos negros que salpican los prados de cereal en barbecho son cráteres de bombas de las guerras del pasado. Si uno vuela de noche y ve un cuadrado fuertemente iluminado en medio de un páramo, sabe que es una prisión. Mirando el mundo desde lo alto, todo lo que se ve significa algo.