El hombre con dos corazones rotos

R. D. Seoane A CORUÑA / LA VOZ

SOCIEDAD

Marcos Míguez

Fernando Serrano recibió en el 2000 el órgano de un chico que murió atropellado. Fue justo un año antes de que su mujer y su hijo pequeño fallecieran de la misma forma

28 oct 2019 . Actualizado a las 17:42 h.

¿Cuánto puede llegar a soportar el corazón? Demasiado. O al menos, tanto como para rogar que el destino no le envíe todo lo que puede resistir. Fernando Serrano es la prueba. Tiene 53 años, un rosario de estocadas que duelen con solo escucharlas y desde el 2000 un latido de prestado que la vida no ha hecho más que encoger. Su historia, dice, no es única. «Hay otras peores», piensa quien estuvo más del otro lado que en este y, sin embargo, consiguió salir adelante para enfrentarse poco después «a lo más horrible que pueda ver una persona».

Con solo 36 años pasó de un simple resfriado a estar entre la vida y la muerte. Pues sí. Fue trasplantado in extremis. Deliró, tardó en que su cuerpo volviese en sí y, apenas un año después, su segundo corazón recibió otro desgarro de los que jamás se sale indemne, pero se sale. Estremece oírle contar cómo corrió a socorrer a su mujer y a su hijo pequeño, un bebé, del asfalto. A las puertas de su propia casa, en el arcén, un coche se llevó por delante lo que más quería. «La cogí, intenté abrazarla, pero ya no tenía vida (...) A lo lejos vi a Pablo, mi niño, en brazos de mi sobrino, con el cuerpo descolgado... tampoco tenía vida».

«¿Para qué?, me preguntaba, ¿por qué no me morí en el trasplante?, ¿para ver esto?», relata con ese aplomo inquietante de la tristeza que perdura en la mirada. ¿De qué había valido tanto esfuerzo? Él, que ya había creído que «no iba a salir de esta» cuando un mal día, sin aviso previo, el aire comenzó a no llegarle a los pulmones, cuando el regalo del donante lo hizo «ver las cosas de otra manera» y pasar, tras la operación, el «mejor verano de mi vida». Lo cuenta cuando se cumple el 50 aniversario del primer trasplante de corazón realizado con éxito a humanos en el mundo. La medicina le dio una segunda oportunidad. Sin embargo, tropezó por segunda vez con la cruda realidad de que todo puede dar un vuelco, sin remedio, en un instante. Del todo a la nada. «Fue como si me clavasen un cuchillo hasta el fondo».

Panadero de horarios imposibles y jornadas sin descanso, «en el hospital le había dicho a María que íbamos a trabajar menos y a disfrutar un poco más», recuerda. Le habían dado el alta por Navidad y al verano siguiente se fueron de vacaciones. «Tengo la imagen de mis hijos y mi mujer, los tres, jugando en el agua; en aquel momento, en el mundo podía haber alguien tan feliz como yo; más, desde luego, no».

Tras la tragedia, Fernando Serrano, que se confiesa creyente «a mi manera», renegó de un Dios y un cielo al que tuvo que recurrir para tratar de dar la noticia a su pequeña Laura. «Fue muy duro», cuenta. Tenía solo 7 años. Y vinieron los días y las noches, los «primeros años horribles». Las horas en vela, el sufrimiento constante, el sentimiento ilógico pero inevitable de culpabilidad por seguir vivo. «Sentía que estaba traicionándolos porque ellos no estaban y yo sí», describe.

La muerte de una madre

Su niña y el tiempo, que si no lo cura todo lo tiñe de resignación, lo fue devolviendo al mundo con otras pérdidas en medio, como la de su amigo con esclerosis, con el que daba pedaladas de dolor y al que considera «un ejemplo». Es consciente Fernando de que hubo un momento clave. Huérfano desde los 15 de padre, la muerte de su madre lo despertó, también de golpe: «Me di cuenta de que, desde que faltó mi padre, ella había estado enterrada en vida». «Yo no quería eso. Tomé la decisión de vivir».

Con tamaño maleta de desgracias, la ayuda de «un amigo más que un psicólogo», los abrazos de Laura y una voluntad sorprendente, Fernando volvió al balón: «Entrenar a los chavales es de lo que más me hace disfrutar, es la mejor evasión». Volvió también a la piscina, a pasear, a estudiar inglés... A veces aún se escapa a desahogarse a alguna playa, pero «he recuperado mi vida». «Es la que me ha tocado, a unos no les pasa nada y a otros nos toca esto, lo otro... y lo que vendrá», dice sin demasiado temor y pensando en que «hay gente que todavía ha pasado por cosas peores». «Yo, al menos, puedo decir que tuve un buen matrimonio y que, por un tiempo, fui el hombre más feliz de la tierra; hay personas que pasan por este mundo sin saber qué es un momento de felicidad», reflexiona.

«A unos no les pasa nada y a otros nos toca esto, lo otro... y lo que vendrá»

A base de golpes se ha forjado una casi serena filosofía del hoy, aquí y ahora. «Hay que seguir, no sabemos lo que nos espera mañana, pero ahora estamos aquí», señala. Ha sido capaz de sentir que «no soy quién para juzgar» a quien le arrebató lo mejor de su anterior vida, y de no olvidar el agradecimiento a quienes «en el día más triste de sus vidas, yo lo sé -recalca uno que también sabe del dolor infinito de perder un hijo-, tuvieron el coraje de tomar la decisión más difícil y donar». Desde aquel 13 de noviembre del 2000 Fernando respira con el corazón de un chico de 18 años que, puñetera la vida, también murió atropellado.

«Mi niña siempre ha sido mi apoyo más grande, siempre me ha rescatado»

Fernando Serrano, vecino de Sofán (Carballo), lleva 17 de sus 53 años trasplantado de corazón
Fernando Serrano, vecino de Sofán (Carballo), lleva 17 de sus 53 años trasplantado de corazón MARCOS MÍGUEZ

Fernando no recuerda la fecha en la que su corazón, de pronto, falló. Fue el 9 de noviembre del 2000. Fue un caso de urgencia cero: el primer órgano que apareciese en España sería para él. El día 13 estaba operado. Sí se acuerda de que tenía un resfriado. Se encontraba tan mal que cuando bajó a trabajar a la panadería, tuvo que llamar a su mujer porque «no me llegaba el aire». Fue al centro de salud de Carballo y la doctora le dijo que tenía que ir al CHUAC, pues había algo importante en el corazón. Pero regresó a casa porque «estaba tan cansado que lo único que quería era dormir». La médica llamó horas después para interesarse y, entonces, la familia supo de la urgencia del ingreso. «Me salvó la vida», reflexiona. Lo llevaron rápidamente al hospital coruñés y, ya antes de entrar, se desmayó.

Nunca antes había sufrido del corazón, pero un adenovirus le había provocado una miocarditis. «Llegó al hospital muy, muy malito, en shock cardiogénico que derivó en un fracaso multiorgánico», recuerda Marisa Crespo, responsable de la unidad de Insuficiencia Cardíaca y Trasplante. La recuperación fue complicada, necesitó diálisis. «Al principio estaba hecho un cadáver, no podía ni moverme, me sentí una persona inútil», dice Fernando.

Sus metas las marcaban las baldosas del pasillo del hospital que era capaz de caminar. Cada día dos pasos más. Y comenzó la rehabilitación tratando de levantar botellines de agua, vacíos. «El día que más trabajé fue cuando me dijeron que si lo hacía, podría ver a mi niña», cuenta. Eso sucedió en vísperas de Navidad. «Laura ha sido mi apoyo más grande, siempre me ha rescatado», indica sobre su hija. Un año después, en pleno drama, «no sé cómo, pero lo intuía, en mis noches en vela, cuando peor estaba, ella se levantaba y me abrazaba».

Siete corazones artificiales y 780 pacientes en Galicia

El vecino de Sofán es uno de los 780 trasplantados de corazón en Galicia desde que se realizó la primera intervención de estas características en la comunidad. Fue el 5 de abril de 1991 en A Coruña y aquel primer paciente sigue viviendo en la ciudad.

El CHUAC fue el hospital número 12 de España en incorporar este tipo de operaciones y «ya somos el tercer grupo del país con mayor número de trasplantes cardíacos, por detrás de Puerta del Hierro, que empezó en 1984, y de La Fe», explica José Cuenca, jefe de Cirugía Cardíaca.

Especialmente satisfechos se sienten los profesionales de los datos de supervivencia, que «están entre un 5 y un 6 % por encima de la media tanto al mes, como al año y al lustro», recalca sin olvidar el mérito del seguimiento y control y destacar la importancia de la donación que ha permitido este mismo año llegar a «quedarnos sin pacientes, es decir, con lista de espera cero».

Para quienes están en situación compleja, el hospital recurre al dispositivo de asistencia ventricular o corazón artificial. Van siete colocados, el último esta misma semana que es, además, el primero implantado a una mujer en Galicia.

Desde 1991 «han cambiado muchas cosas», dice Marisa Crespo, responsable de la unidad que sigue y controla a quienes reciben un corazón. Entre ellas, los fármacos inmunosupresores que han de tomar de por vida para evitar el rechazo. «Antes solo teníamos un par y ahora no solo hay más de diez, es que son más potentes, selectivos y con menor toxicidad», indica, de forma que se dan terapias combinadas ajustadas a cada paciente.

También se dispone de sistemas diagnósticos más sensibles para detectar si se está fraguando una infección para tratarla «antes de que produzca enfermedad y se están desarrollando métodos no invasivos para evaluar la respuesta inmunológica y ajustar el tratamiento», añade Crespo.