Las bodas saltan de la iglesia al jardín

Los matrimonios por lo civil ganan terreno a los religiosos porque los contrayentes dan prioridad a poder elegir escenario y celebrar el enlace fuera del templo


redacción / la voz

Ni arroz a la salida de la iglesia, ni menús de cinco platos, ni una conga de 150 invitados a las tres de la mañana. Las bodas ya no son lo que eran, principalmente porque la idea tradicional de ceremonia, párroco mediante, velo y «hasta que la muerte os separe, amén» ha ido cediendo terreno a las bodas civiles hasta el punto de que no solo se ha producido un sorpasso, sino que en el panorama gallego actual ya son cinco veces más las parejas que se casan por lo civil que las que lo hacen por la Iglesia. Así lo revelan los datos ofrecidos por el Instituto Nacional de Estadística (INE) con respecto al primer semestre del 2016.

Según trabajadores del sector, muchos de los novios que no pasan por la vicaría no dejan de hacerlo por falta de fe, sino porque anteponen criterios estéticos y económicos a la necesidad de que un párroco les pida que den el sí quiero. «El hecho de que los curas no quieran oficiar bodas fuera de las iglesias, supone que gente que pretendía celebrar una ceremonia religiosa, después se echa para atrás por tener una boda bonita en un jardín», explican desde el Pazo do Tambre, en Serra de Outes. Esta opinión la comparte Ramiro López, propietario del restaurante La Palloza, en Lugo. «Es una cuestión estética, la gente tiene una boda pensada en su cabeza y si el cura no quiere acercarse a la finca, los novios pocas veces rechazan casarse aquí. Así que oficia la ceremonia un concejal o el alcalde de Castro de Rei», afirma.

En eso de rascarse el bolsillo para celebrar una ceremonia de alto copete ahora los gallegos son menos espléndidos. «Aunque se mantiene el número de bodas, e incluso sube con respecto a hace algunos años, lo cierto es que el número de invitados pocas veces alcanza ya los cien. Además, a otros les echa para atrás que se ponen a sumar gastos y se dan cuenta de que una boda religiosa sale más cara, aunque solo sea por la decoración de la iglesia», comenta María Formoso, directora de Marilé Eventos Bodas, en A Coruña.

Aunque con bodas más discretas en cuanto al número de invitados y al menú - «ahora la tendencia es un aperitivo contundente y dos platos», comenta López-, se han superado estigmas que hace no demasiado estaban tan arraigados entre los casaderos. «Casi nadie piensa ya que los enlaces civiles son fríos o que la novia no puede ir velada. El hecho de que progresivamente hayan ido aumentando este tipo de bodas ha hecho que la oferta se tenga que adaptar», cuenta Formoso.

Y tanto que ha sido así. Después de años de vacas flacas en el terreno matrimonial, el bum de oficializar las relaciones cobra fuerza de nuevo, incluso en meses tan inusuales como febrero o marzo. «Se están promocionando mucho las bodas de invierno, básicamente porque ya quedan pocos patrones o normas en cuanto a las ceremonias», apuntan desde el Pazo do Tambre. Así, en el restaurante La Palloza, de hecho, comienzan la temporada de eventos en escasas semanas: «Si una finca es bonita, lo es en cualquier época del año». Como el vestido de la novia. Que sí, sigue siendo blanco incluso ante notario.

«Éramos pareja de hecho, pero nos faltaba lo tradicional»

No veían el momento de casarse, pero no por falta de ganas. «Lo vas dejando, lo vas dejando... Además ya éramos pareja de hecho, luego tuvimos un niño... parecía que no llegaba nuestro momento». Pero llegó. El 8 de octubre del 2016, Sandra Castro y su marido se dieron el sí quiero en la iglesia de Santa Eulalia de Liáns, en Oleiros. ¿El banquete? En la Finca Montesqueiro. «Allí nos ofrecieron celebrar una boda civil, pero como nadie del ayuntamiento se acerca a casarte tienes que hacer una especie de paripé porque en realidad ya has firmado antes, y claro, preferíamos otra opción», comenta Sandra.

Esta coruñesa es de las pocas que el pasado año decidió pasar por la vicaría. En su caso, reconoce que fue más por una cuestión tradicional que de fe. «Sí nos importa la parte espiritual, pero también queríamos hacer felices a nuestras familias, que les hacía ilusión una boda ‘más de verdad’». Y es que para esta gallega de 37 años, a las bodas civiles les sigue rodeando ese aura de frialdad que, a tenor de las estadísticas, para muchos es ya inexistente.

Cuando se casaron, el hijo del matrimonio, Leo, ya tenía tres años y estaba bautizado. «No nos pusieron ningún problema en el tema del bautismo cuando fuimos a preguntar a la iglesia. Eso sí, nos intentaron hacer un dos por uno», comenta. Poco tiempo después Leo veía a sus padres llegar al altar, les entregaba las arras y más tarde se divertía en un convite en el que el número de invitados no superó la centena - «más nos parecía mucho», comenta-.

En la segunda parte de la boda, el matrimonio se inclinó por una tendencia que están siguiendo muchos novios: el showcooking. O lo que es lo mismo, varias barras donde los cocineros están preparando los platos a la vista del comensal. «Había que empezar la fiesta cuanto antes». Así que nada de cenas copiosas de cinco platos. Aquí sí primó la actualidad.

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