«Es mucho peor convivir con el estigma social que con el VIH»

Afectados dicen que la ciencia ha avanzado mucho en 20 años, pero la sociedad no


redacción / la voz

Hace veinte años que Ana descubrió que tenía el VIH. Y dos decenios son también los que hace que empezó a suministrarse el tratamiento capaz de controlar al virus hasta el punto de convertirlo en una enfermedad crónica. «La medicación ha cambiado mucho en este tiempo, ahora estoy tomando solo dos pastillas. Llevo una vida muy sana, hago deporte, trabajo y, lo digo de verdad, prefiero tener mi enfermedad que un cáncer».

Ella se enteró por casualidad. Dice que no debería ser así, «que con la misma facilidad con que la gente pide al médico de cabecera una analítica para el colesterol debería pedir una para el VIH». Pero entiende el miedo al diagnóstico, porque, aún hoy en día, «es mucho peor convivir con el estigma social que con el VIH. En veinte años la ciencia ha avanzado mucho, pero la sociedad no».

No es la única que lo piensa. Jose, que descubrió hace cuatro años su situación, cuenta cómo hay gente que aún hoy en día va a buscar los medicamentos a otra ciudad por el qué dirán. «Te hace gracia cuando te dan en el hospital una bolsa negra para que no pueda ver nadie qué hay dentro», recuerda.

Él tuvo suerte. Sospechaba que estaba infectado, pero no fue a hacerse analíticas. Un día ingresó en urgencias con 41 de fiebre. Era 1 de enero y lo tuvieron que llevar en ambulancia. «Entré delirando y me tuvieron que sondar. No tenía defensas, pesaba 54 kilos, tenía 45 de defensas (una persona sana tiene entre 700 y 800 por mililitro de sangre y por debajo de 300 resulta peligroso), 2,5 millones de copias del virus por mililitro de sangre, estuve en aislamiento dos meses, pero ahora estoy de maravilla. Ya solo tomo una pastilla. Tuve una suerte tremenda por no padecer secuelas. Descubrí la fuerza que puedes llegar a tener», dice.

La enfermedad tiene tres fases de desarrollo. «La primera es el período ventana, que es desde el momento de la infección hasta que el cuerpo empieza a generar anticuerpos. Dura entre dos o tres meses, un tiempo en que la analítica de anticuerpos da negativo, pero contagias. A partir de ese momento pasas a ser seropositivo, aunque la infección no tiene síntomas. Ese es el peligro, porque es una etapa muy larga hasta pasar a la fase avanzada, que es lo que se llama sida», explica Iván Casanova, del comité de A Coruña. Por eso, añade, resulta importante hacerse la prueba rápida, que es anónima, confidencial y gratuita, o una analítica.

«Las personas que tenemos anticuerpos, como nosotros, debemos tener la responsabilidad de conocer nuestro estado para no contagiar a otras personas. Con la enfermedad controlada a través de la medicación -la única forma que hoy en día hay para hacerlo- las opciones de transmitirla son muy bajas. Con todo, nunca son pocas las precauciones, porque te sentirías culpable de continuar aumentando los números», coinciden Ana y Jose.

Iván es bastante optimista, pero hay que ser responsables: «Si no existiera cifra negra, es decir, que todas las personas con la infección conocieran su estado y todas ellas pudieran acceder al tratamiento con una correcta adherencia [no dejar de tomarlo], el VIH podría erradicarse quizá en una generación.

Sanidade pide prevención en Galicia, donde se diagnostican 198 infectados al año

La incidencia media anual del VIH en Galicia es de 71,5 casos por cada millón de habitantes, unos datos que están por debajo de la media del conjunto de las comunidades, que entre el 2004 y el 2014 llegó a los 101,4 casos por cada millón de habitantes. Al menos es lo que recoge el informe VIH-sida en Galicia 2016 publicado ayer en la web del Sergas con motivo del día dedicado a la enfermedad. Durante el período comprendido entre el 2004 y el 2015 fueron diagnosticados 2.377 casos, una media de 198 infecciones al año. La principal baza para luchar contra la enfermedad: la prevención.

Frente a los 2.377 nuevos diagnósticos de infección por el VIH en Galicia, entre el 2004 y el 2015 se declararon 851 de sida, lo que supone un 179 % más de registros de infección que de la enfermedad. De hecho, el documento publicado por el Sergas muestra que la incidencia anual de los casos de sida «está estabilizada en menos de 20 por millón de habitantes desde el año 2011».

El informe analiza una franja de doce años. Durante ese período fueron las relaciones sexuales la principal vía de contagio, al implicar un 77 % de los casos. Paralelamente, las prácticas derivadas de compartir material de inyección para drogas suponen el 17,6 % de las nuevas infecciones.

La edad más frecuente de diagnóstico de los casos de sida está en torno a los 40 años, pero ya se han registrado 77 casos en personas mayores de 64 (el 79 %, hombres) y mayoritariamente por la vía heterosexual. Por eso el informe advierte que «debemos tener en cuenta este hecho ante una exploración de las personas mayores en la práctica asistencial». 

Población inmigrante

Los afectados no originarios de España representan el 17 % de los casos registrados, lo que «supone la necesidad de diversificar los programas de prevención para adaptarlos a la población inmigrante, grupo social y culturalmente muy heterogéneo y especialmente vulnerable, sobre todo las mujeres».

En el informe se señala, además, que el 48 % de los infectados presentaban diagnóstico tardío cuando fue dictaminada la enfermedad y, asimismo, la mitad de los casos de sida registrados en este período -el 70 % en los cinco últimos años- conocían al mismo tiempo su condición de infectado por el VIH y de su enfermedad.

«Hay países donde esta batalla lleva veinte años de retraso»

Enerty y Claude se conocieron en 1998 en una parada de autobús. No se han separado desde aquel día. Él, 18 años mayor que ella, trabajaba como profesor en Zimbabue hasta que su esposa murió. Entonces estuvo trabajando en Corea del Norte, donde tuvo una novia. «Ninguno de los dos sabíamos que había condones», recuerda. Luego estuvo en Kosovo y en Darwin (Australia), hasta que regresó a su país. Allí conoció a la que ahora es su mujer, Enerty. Un día del 2004 empezó a notar que no estaba bien. Pensó que alguien había envenenado el té que tomaba por la mañana, pero no. Tras perder bastante peso, fue al médico. Allí le hicieron la prueba del VIH. Tenía el virus. No comentó nada a su ya esposa Enerty. Tres años más tarde ella empezó a sentirse enferma. Sus analíticas dieron el mismo resultado. «Fue doloroso saber que él no me había dicho nada. Cuando me detectaron el virus no lo acepté. Fui a otro centro. El resultado fue el mismo», explica esta mujer.

El médico le recetó medicamentos gratuitos, aunque ella no quería tomarlos por temor a los efectos secundarios. Pero pronto ella y su marido pudieron acceder al mismo programa de tratamiento. Ahora ella tiene 47 años. Él, 65. Viven en Epworth. Ambos forman parte del programa de VIH de la clínica de esa localidad gestionada por Médicos sin Fronteras. Han mejorado mucho. «No he tenido problema para volver a trabajar, he cambiado de forma radical y ahora estoy otra vez fuerte como un caballo», dice Claude.

Pero no toda la población afectada por el VIH en los países del África subsahariana tienen acceso a los medicamentos. «Pese al optimismo de algún informe sobre los avances de la lucha contra la enfermedad en el Tercer Mundo, la realidad es otra. Ahí están aún unos veinte años por detrás de los países desarrollados. En torno a un 50 % de las personas que deberían recibir tratamiento no tienen acceso a él», avanza la encargada del departamento de VIH de Médicos sin Fronteras, Cecilia Ferreyra.

En este sentido, añade que hay países del África subsahariana, como la República Centroafricana, el Congo o Guinea Conakry, donde la enfermedad es todavía una emergencia, «porque las personas llegan a los hospitales cuando el estadio está ya muy avanzado; entonces la mortalidad es muy alta, porque no reciben el tratamiento o no hay recursos para poder mantenerlo». 

Cuestión de presupuesto

La cuestión es que los presupuestos para la lucha contra la enfermedad han estado centrados en los países con mayor prevalencia. Sudáfrica tenían una prevalencia brutal hace unos años, pero han logrado bajarla por las campañas realizadas allí. El problema, añade esta experta española, está en otras áreas donde no hay tanta prevalencia, la lucha no es tan intensa, pero el virus está rodando por la sociedad. Y pone como ejemplo áreas rurales de Nigeria. «El esfuerzo se centra en la capital, pero en otras partes habría que hacer campañas», concluye.

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