Del sentido del humor

La retranca es distinta de la ironía. Con la ironía te ríes de alguien o de tu interlocutor, y genera tensiones. Con la retranca te ríes con tu interlocutor


Una de las cosas más difíciles en las conferencias es acertar con el sentido del humor de la audiencia. Esto lo digo por una charla que acabo de dar en Ámsterdam, en la que repetí un chiste del genial Davila con el que no se rio nadie más que yo y un argentino que estaba allí, con el que debía de compartir afición por la pesca y sentido del humor.

Siempre me gusta aderezar las charlas con alguna gracia, porque, si no, la genética se hace muy aburrida, y esto me sale bien en Galicia, pero no demasiado bien en otras latitudes, porque el sentido del humor depende mucho de la cultura.

No me refiero al chiste fácil, sino al verdadero humor, esa forma sutil de expresar el aspecto cómico de la realidad. Este humor está tan unido a la cultura y al empleo cuidadoso del lenguaje que hace que lo que es divertido en un lugar carezca de sentido en otro.

No hace mucho, mi amigo Juan Suárez Quintanilla me contaba de un médico castellano recién llegado a Galicia que, cuando le preguntó si se adaptaba aquí -refiriéndose al mal tiempo, claro-, le contestó que el clima era lo de menos, que el problema era que no entendía bien a la gente, y no era una cuestión de idioma. Como ejemplo, le contó que su primer paciente tenía una lesión en la piel y, para diagnosticarla, tenía que saber si le picaba o no. El diálogo fue como sigue:

-¿Le pica o no le pica?

-Bueno.

-Pero ¿le pica?

-Bueno.

-Mire, le tiene que picar o no picar. Si no me lo dice, no le puedo diagnosticar.

Y su respuesta -«¡Se ten que picar!»- lo desconcertó totalmente y dijo que esto le pasaba a diario.

Esto que nos hace tanta gracia aquí os aseguro que en el resto de España no hace casi ninguna, y probad a traducirla al inglés en un congreso internacional y ya veréis cómo se quedan.

El humor gallego es muy retranqueiro y a mí, como buen xalleiro, es el humor que me sale. La retranca es distinta de la ironía. Con la ironía te ríes de alguien o de tu interlocutor, y genera tensiones. Con la retranca te ríes con tu interlocutor y es, en todo caso, una ironía bonachona, sin malicia, que incluso conlleva a menudo reírse de uno mismo.

En mis charlas en Japón ya ni intento decir una gracia. Me contento con que no se me duerman. Y es que allí está culturalmente aceptado dormirse en las charlas, así que, como no les interese lo que les cuentas, se te pone a roncar la mitad de la audiencia y te quedas muy deprimido.

Me da pena no entender su sentido del humor, pero cualquiera acierta.

Me contaba también Juan, y pude comprobarlo hace unas semanas con mis propios ojos, que a los japoneses les parte de risa ver aquí las bolsas de pan colgando de la puertas, y se llaman unos a otros, lloran de la risa y se hinchan a hacerles fotos. Cuando le pregunté a mi amigo Toshi que por qué les hacía tanta gracia, le dio tal ataque de risa que todavía hoy sigo sin saber de qué va el tema. Como sigo sin entender cómo no se rieron hoy con la viñeta de Davila que les puse, que, además, encajaba perfectamente con el argumento de mi charla. En ella se ve un pescador con el bote lleno de peces (él encima de los peces, de tantos que tenía) y le pregunta otro pescador «¿Pican?», y el primero le contesta «¡Nin trabada! ¡Fasía máis quedando na casa!». ¿No es genial?

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