No utiliza trucos ni varitas mágicas. Con firmeza, templanza y afecto consigue transformar un hogar caótico en un espacio cargado de paz y serenidad. Tras su personaje de Supernanny encontramos a una gran educadora que además es madre
27 ene 2015 . Actualizado a las 00:26 h.No se identifica ni con la popular Mary Poppins ni con la señorita Rottenmeier. Rocío es psicóloga y tiene su propio método para domar las pataletas de esos locos bajitos que a veces nos sacan de quicio. Con su lista de normas, una bonita sonrisa y eso sí con firmeza y serenidad ha alcanzado ya la novena temporada del programa televisivo Supernanny (Cuatro). Autora de los libros Aprendiendo a enseñar y Mi hijo no come, Rocío Ramos-Paúl publica ahora junto con Luis Torres, Un extraño en casa. Tiembla llegó la adolescencia. A la televisión y los libros, hay que sumarle su trabajo en el gabinete del centro de Madrid, Biem, donde pasa consulta a diario. Cercana y buena conversadora, nos hace un hueco en su apretada agenda de papás desesperados y charlamos con ella acerca de cómo son los niños del siglo XXI. -¿Cuáles son las pruebas de fuego a las que nos enfrentamos los padres en la educación de nuestros hijos? -Ja, ja ja. Desde luego que van a vivir una aventura en toda regla. Hasta los tres años de edad, los papás tendrán que afrontar el sueño, la alimentación y las temidas rabietas. Cuando los críos superan los seis años, es el momento de enfrentarse a poner normas y límites una dura prueba y a partir de los ocho el quebradero de cabeza es el fracaso escolar. -Empecemos analizando nuestra conducta. Ya nadie duda de que los niños son tremendos, pero los padres también metemos mucho la pata con los hijos, ¿verdad? -Un primer gran error es señalar en exceso los comportamientos negativos y más aún, señalar al niño con frases típicas como «eres malo» o «eres vago», en lugar de decirle: «Esto hay que hacerlo de este modo» o «tienes que ordenar tu habitación». Además, conviene marcar unos límites clave y que el niño los conozca. No hay que ser incoherente con actitudes como «hoy te castigo por esto y mañana no». Por último, un gran fallo es no reconocer los logros del niño, esto afecta de forma significativa a su autoestima. -Entonces, ¿es que los niños de ahora son más difíciles de educar que los de antes? -No. El planteamiento de cualquier tiempo pasado fue mejor aplicado a la educación no es válido. Lo que sucede es que en la actualidad, hemos estimulado más a los niños. Ahora son más listos y creativos, son capaces de razonar cuestiones que antes no podían, ya que el argumento paterno de hace treinta años era «No, porque lo digo yo y punto» y a los chavales no les quedaba otra que aguantarse. No hay duda de que hemos hecho a los niños del siglo XXI más inteligentes, pero es un factor que a veces no tenemos en cuenta a la hora de educarlos. -¿Hay niños sin remedio? -No, en absoluto. A todos los niños, igual que a los adultos, se les puede ayudar a cambiar su conducta. -Debido al ritmo vertiginoso del trabajo y al poco tiempo que le dedicamos al ámbito familiar, ¿somos los padres más tolerantes y permisivos? -Sí. Los padres se sienten culpables de que el niño pase poco tiempo con ellos y se vuelven más permisivos con actuaciones como «para que voy a enseñarle yo si ya lo hacen en el colegio» o «no voy a dejar que se frustre, ya lo hará cuando sea mayor». Cuando son pequeños es muy fácil satisfacer sus deseos con una chuchería o un cromo, pero luego cuando crecen hay que aprender a decirle que no a cosas más importantes y la situación se puede complicar mucho por no haber sabido actuar antes. -Es frecuente que los padres se repartan los roles del «poli bueno» y el «poli malo». ¿Qué te parece esta actitud? -Educar es muy relativo y cada progenitor puede tener un estilo diferente. Uno puede ser más dulce y afectivo cuando pone una norma, sin dejar de ser firme y otro tener un carácter más fuerte. El problema surge cuando se registra una incoherencia entre ambos en cuanto a las consecuencias de determinados comportamientos o cuando uno u otro no las establecen o no las respetan. Esto lleva al niño a la confusión. -¿Cómo deben ser los castigos? -El castigo implica imponer al niño algo que no le guste y será efectivo siempre que sea inmediato a la conducta que se quiere corregir y que sea igual en intensidad a esta. Si se cumplen estos criterios el castigo está bien puesto y es una forma válida para eliminar una conducta. Si solo utilizamos el castigo y abusamos de él, deja de tener efecto, por eso, es importante combinarlo con los premios o con la imposición de una tarea reparadora. -¿Una receta educativa que no falla? -Una fórmula que funciona es intentar, en la medida de lo posible, obviar o no atender las conductas negativas del niño y reforzar o premiar todas aquellas que sean positivas. Si se mantiene esta norma y se adopta como filosofía no falla, porque provoca que se repita lo adecuado y que desaparezca lo inadecuado. Es lo más parecido a una fórmula mágica si va de la mano con la demostración cada día de lo mucho que les queremos. -Y, cuando ya hemos superado las rabietas y sabemos lidiar con las normas y los límites, nos topamos con la terrible adolescencia. ¡Tierra trágame! -Efectivamente. Educar a un hijo es un proceso más largo que pagar una hipoteca. No acabas nunca, hasta que se van de casa. La clave de la adolescencia está en la negociación, en sentar a padres e hijos. Ya no vale el esto porque sí. Tiene que haber diálogo. -Pregunta obligada. ¿Cómo fue tu adolescencia? -Recuerdo que fue una etapa en la que por primera vez podía probar nuevas experiencias como salir sola, elegir a mis amistades, el primer viaje que hice con mi grupo de amigas. En definitiva, tuve el control de mi propia vida. -Eres madre de dos hijos. ¿En casa del herrero cuchara de palo? -No, yo creo en lo que hago y lo aplico en mis dos hijos, de uno y siete años. No hay duda de que lo emocional siempre está por medio. No es lo mismo asesorar como profesional que como madre. -Cuando te quitas el uniforme de Supernany? -Ja, ja, ja. Me encanta montar en bici e ir al cine. Disfruto mucho comiendo con amigos y haciendo una larga e interesante sobremesa y con una buena novela.