Cuando el agua está envenenada

Es la natación maldita. El reciente ejemplo de Michael Phelps es solo la punta del iceberg


La Voz

Tarzán solo hay uno. Otros nadadores que intentaron emularle, pero Johnny Weissmüller fue único. Y pese a todo, sufrió graves problemas de alcoholismo. De nada le sirvió su media docena de medallas olímpicas (cinco de oro) ante sus desórdenes mentales. Para la posteridad dejó su dominio absoluto de la natación en los años veinte, las doce películas en las que interpretó al hombre mono y un cóctel a base de ginebra y ron que lleva su nombre.

Así se las gasta el considerado deporte más completo para el ser humano, pero que cuando alcanza los niveles de alta competición, más bien parece el más destructivo. Cierto es que los escándalos en los que se ve inmerso lejos están de ofrecer la cadencia de otras disciplinas como el ciclismo, pero la natación va ganando terreno por el renombre de los implicados.

El último episodio lleva el rostro del deportista con más medallas olímpicas de todos los tiempos: Michael Phelps. El estadounidense, de veintinueve años de edad, tendrá que acudir a rehabilitación para desintoxicarse de su adicción al alcohol. Esta semana fue suspendido por seis meses y se quedará fuera del Mundial de natación que se celebrará en julio del próximo año en Kazán. Phelps cumplía diez años de su primera sanción por conducir ebrio al volante. Y decidió celebrarlo en el casino Horseshoe de Baltimore con unas copas y unas partidas de Black Jack. Después, tomó el volante de su Land Rover y voló al doble de la velocidad permitida por el túnel que pasa bajo el puerto de la ciudad. Y con el doble de alcohol de lo permitido. Además de la suspensión deportiva, le puede caer un año de prisión. Lo sabrá el 19 de noviembre.

Por lo visto, a Phelps le daba por hacer este tipo de cosas incluso cuando se preparaba para campeonatos de gran calibre. Como en el año 2008 cuando en lugar de emprender camino hacia la piscina, enfocó hacia Las Vegas. No lo encontró ni su padre, que fue quien lo contó años después.

Después de esto, ya nadie da demasiada importancia a aquellos aumentos de peso (doce kilos de vez en cuando), pero sí se ha generalizado la sospecha de que su regreso para los Juegos Olímpicos de Rio 2016 ha quedado muy en entredicho.

El siguiente en la lista de los más grandes en el agua es el ruso Aleksandr Popov, ya retirado de la competición. Era un afamado deportista (eclosionó en los Juegos de Barcelona de 1992) cuando unos vendedores de melones azerbaiyanos le asestaron varias cuchilladas durante una pelea callejera en Moscú. Se salvó de milagro.

Volviendo al asunto de la bebida, parece que fue clave en la preparación del australiano Ian Thorpe para los Juegos de Atenas 2004. Dos años dependiendo del alcohol para todo estuvieron a punto de quitarle la vida al quíntuple oro olímpico. Más bien, él mismo estuvo a punto de cometer suicidio. Una década después, Thorpe se liberó por completo de su atormentada existencia quitándose el último peso con el que cargaba, el de ocultar su condición homosexual.

«Tenía la sensación de que la mentira se había hecho muy grande. No quería que la gente ponga en juego mi integridad», afirmó Thorpe en una entrevista televisada.

La cultura de las drogas caló hondo en la piscina australiana, referente mundial. El equipo nacional olímpico al completo así lo confesó a inicios del 2013, y relató que el colmo llegó en los Juegos de Londres. «Todo fue por culpa de la presión y el acoso al que éramos sometidos, por lo que abusamos de los fármacos, ya que las normas y la disciplina eran laxas en ese sentido», espetó James Magnussen, actual campeón del mundo de los 100 metros libre.

LA SINCRONIZADA ESPAÑOLA

España también se vio salpicada por las polémicas en el agua. Algunas se cernían en la piscina y su entorno, otras planearon sobre aguas abiertas.

Varias componentes de la selección española de natación sincronizada (Laia, Paola Tirados, Carla Violán, Cristina Violán, Ana Violán, Laura López, Eva Zhdanova, Neus Seguí, Jordina Pallarols, Julia Casals, Itzias Aspe, Lara Oyanarte, Itahisa Robaina y otras que prefirieron no dar su nombre) firmaron una carta en la que denunciaban abusos de la ex seleccionadora Anna Tarrés. Según el escrito, la presión de la entrenadora no conocía límites y eran habituales lindezas como «trágate tu vómito, que aún te queda hora y media para terminar y si no, fuera, te vas a tu casa y no vuelvas», o «habrás quedado bien en figuras, pero con lo gorda que estás no puedo desfigurar el equipo. Sal del agua, gorda, vete al psicólogo». Gemma Mengual le acusó de haber forzado su retirada. Tras la repercusión que causó tal conflicto, Anna Tarrés se enroló como jurado de un concurso televisivo de saltos de trampolín.

Igualmente catódico acabó el fondista David Meca. Retos como la fuga de Alcatraz o ir a nado desde Tenerife a Gran Canaria no fueron más que una manera de reivindicarse tras haber sido suspendido durante once años por haber dado positivo por dopaje en el Mundial de Brasil de 1999.

DESENFRENO ABSOLUTO

Todos dudan ya de las estratosféricas marcas de la china de dieciséis años Ye Shiwen y recuerdan a Kornelia Ender, que con Alemania del Este fue la primera mujer con un oro olímpico individual. Los esteroides le ayudaron. También en eso fue pionera. Aquella selección fue sospechosa en 1968, 1972, 1976, 1980, 1984 y 1988. China y sus precoces nadadores tomaron el relevo en el 1992, 1996 y 2000. Michelle Smith (sopa de alcohol y androstenediona en el 1998) representa a Irlanda en este deshonroso capítulo. Y algo debió pasar por la cabeza de la australiana Fraser cuando en los Juegos de Tokio 1964 intentó robar una bandera del propio Palacio Imperial. Le cayeron diez años de suspensión.

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