Gallegos con licencia para curar

Trabajan desde hace años sobre el terreno en las arriesgadas misiones de Médicos Sin Fronteras, como la del ébola, aunque ellos quieren el anonimato, sus rostros son protagonistas


La emergencia de ébola ha obligado al resto del mundo a mirar hacia el sur, aunque solo sea por miedo. Mientras una gran mayoría intenta taparse los oídos y los ojos ante la realidad más dura, decenas de gallegos están o han estado recientemente con Médicos sin Fronteras (MSF) en países afectados por la epidemia y otros muchos golpeados por otros males menos mediáticos, aunque no menos graves.

Cisco Otero vive la mitad del año en Pontedeume. La otra mitad se va casi sin equipaje a donde le lleven los planes de MSF, la organización con la comenzó a colaborar en el 2007, después de casi dos décadas de experiencia en proyectos de ayuda humanitaria.

Ahora mismo está en Nigeria como jefe de la misión de emergencia por ébola de MSF. Al otro lado del teléfono, a miles de kilómetros de distancia, Cisco suena cansado, aunque transmite tranquilidad y en poco tiempo explica la situación al detalle: «Es la primera vez que el ébola se ve en África del Este -explica- y también fueron una novedad los contagios en ciudades. Aquí en Nigeria el Gobierno se lo ha tomado muy en serio, tienen un nivel de profesionales muy alto y gracias a eso y a que han pedido ayuda muy rápido hemos logrado contener la expansión». El equipo que dirige Cisco se encargó de asesorar al ministerio y al Gobierno en la gestión para combatir la epidemia. Uno de los puntos más importantes en la lucha contra el virus es el listado de las personas potencialmente contagiadas, a las que se realiza un seguimiento durante 21 días. «También es importante la movilización social y la educación, los controles en todos los puertos y aeropuertos, con screening de viajeros y cribados de contactos para saber si hay posibilidades de contagio».

El aislamiento de los pacientes es vital, y los voluntarios de MSF asesoran y forman al personal médico local para que sepan formar los circuitos necesarios dentro de los centros. «Se divide el centro en dos partes -detalla Otero- una donde ingresan las personas sospechosas, a las que se realiza un examen sanguíneo y, en caso de ser positivo se pasan a la zona de confirmados. Si es negativo se realiza un segundo análisis en 48 horas». Ahora, una vez frenada la expansión, la misión propone una estrategia de salida en la que el objetivo es «que cuando nos vayamos ellos sepan cómo responder y actuar en diferentes situaciones, solo aprender a ponerse y sacarse el equipo de protección es muy complicado».

Uno se pregunta si para meterse hasta el cuello en la boca del lobo hace falta estar hecho de una pasta especial. Sin duda Cisco Otero y su equipo lo están. El solo tiene buenas palabras para los demás: «Toda la gente que viene aquí está muy motivada. Aquí no se cuentan las horas de trabajo ni los esfuerzos para ayudar a contener la epidemia. Es fantástico cuando la primera persona que se cura y ves que la puedes tocar, por eso vale la pena trabajar sin parar, de lunes a lunes. Es un logro impresionante».

A pesar de todo, veinticinco años de experiencia le han enseñado a Cisco que todo el mundo necesita dejar un espacio para su vida personal. «Hay que compaginar las dos cosas, si no te quedas fuera de juego». Por eso es tan importante y delicado el tema de la información. «Yo siempre les digo a la gente de mi equipo que tienen que llamar e informar a sus familias, porque si no se genera una angustia muy grande y se pasa muy mal».

«Sin manual de instrucciones

Texto del colaborador de MSF Manuel Albela, informático a punto de partir a Kenia

¿Cuántas veces hemos deseado en nuestras vidas tener un manual de instrucciones para saber cómo hacer frente a una situación complicada? En mi caso, especialmente desde que trabajo en MSF, me he encontrado muchas veces palpándome los bolsillos para ver si daba con algún papel en el que leer una fórmula mágica que me ayudase a salir airoso de este tipo de problemas. Desde conversaciones delicadas con miembros de guerrillas o líderes comunitarios con poca voluntad de cooperación, hasta situaciones de sufrimiento humano muy desesperadas en las que uno siente que cualquier palabra que pueda decir no basta. Son estas últimas situaciones las que más me han marcado y de las que más lecciones he sacado, porque cuando te ves inmerso en ellas, es cuando te das cuenta de que toda la teoría que has aprendido no sirve para nada en este tipo de contextos. En estos casos, se trata únicamente del factor humano.

Recuerdo muy bien la mañana en la que recibimos noticias de un nuevo bombardeo en una ciudad fronteriza, a unos 20 Km de donde teníamos la base y con una frontera de por medio. Sabía que muchos de mis compañeros locales tenían familia allí, y los malos presagios no tardaron en confirmarse: una de nuestras enfermeras había perdido a varios familiares cercanos, entre ellos dos niños. Para paliar mi ignorancia sobre cómo afrontar la situación, le pregunté a la psicóloga del equipo cómo y sobre qué debería hablarle para tratar de consolarla de la mejor forma posible. La respuesta fue tan sencilla como brillante: solamente debía preguntarle lo que necesitaba y dedicarle tiempo para acompañarla y que no se sintiese sola. En resumen: el factor humano y la empatía.

No puedo decir que tenga la solución o que exista una fórmula mágica que nos permita acercarnos a las personas a las que ayudamos y paliar el sufrimiento que sienten. Lo que sí he aprendido es que muchas veces nos complicamos la vida buscando soluciones complejas cuando lo único que hay que hacer es estar ahí por y para la persona que vive un momento de desesperación. De esta forma se pueden dejar las barreras culturales y de idiomas que muchas veces nos separan a un lado y centrarse en las necesidades más básicas que una persona puede tener en una situación de desconsuelo absoluto.

En los proyectos de MSF convivimos con estas situaciones a diario, unas más complejas que otras, pero todas ellas tienen en común el sufrimiento humano. La mala noticia es que no, que definitivamente no existe un manual de instrucciones para ellas. Sin embargo, la buena noticia es que cuando estoy en el terreno y las tengo que afrontar, sé que no voy a estar solo. Sé que siempre puedo contar con un maravilloso equipo y que juntos moveremos cielo y tierra para encontrar la mejor solución a cualquier situación que se presente.

Hay una frase que llegó hace poco a mis manos y que resume lo que muchos de mis compañeros y refugiados con los que he trabajado en los últimos meses me han enseñado a través de sus historias, de su sufrimiento y de su capacidad de adaptación y de superación: la vida no se trata de esperar a que la tormenta pase, se trata de aprender a bailar bajo la lluvia

«Ollos grandes»

Texto de Ana Arceo, médico colaboradora de MSF de vuelta de la República Centroafricana

Non me lembro do seu nome. Son un desastre para recordar os nomes, e máis os nomes africanos, tan diferentes aos nosos. E sei que debería terme tomado o tempo de aprender algunha técnica para facelo, pero o certo é que aínda non atopei o momento axeitado para levar a cabo esa ardua tarefa. O que non esquecerei nunca é que tiña tres anos e uns ollos grandes como os da súa nai, que nolo trouxo en brazos ata o centro nutricional.

Aquela era unha das moitas nenas e nenos que atendiamos ese día nas clínicas móbeis. O día anterior chegaramos a unha aldea totalmente abandonada, baleira de xente. Todos os seus habitantes escaparan pola guerra e se esconderan no monte, fuxindo dos combates. Chegamos no noso coche, paramos no medio da aldea, e despois dun rato empezaron a asomarse dúas cabeciñas entre os arbustos. Tras pasar un rato observándonos, os dous homes a cuios corpos correspondían esas cabeciñas saíron dos seus escondites e se achegaron apresuradamente ao noso encontro. Explicámoslle quen eramos e cales eran os nosos principios. Preguntámoslle se había xente enferma no monte, se houbera mortes e cáles foran as causas. Dixémoslle que ao día seguinte queriamos montar unha clínica móbil na aldea. Que necesitariamos xente da aldea que nos axudara no traballo e nos mostrara o mellor lugar para montala: o centro de saúde ou a escola, a igrexa… calquer lugar que puidéramos acondicionar para traballar. (...)

(...) Era a miña quinta misión con Médicos Sen Fronteiras, pero a primeira vez que traballaba facendo clínicas móbeis, así que cando cheguei co resto do equipo ao día seguinte, o meu abraio foi enorme: os arredores do centro estaban cheos de mulleres cos seus nenos esperando a pasar consulta. Corrérase a voz na zona. Facía moitos meses que non tiñan asistencia sanitaria de ningún tipo: a guerra o desbaratara todo e ninguén parecía terse lembrado deles en moitos meses. É difícil facer un cálculo, pero eu penso que alí esperándonos habería máis de trescentas persoas.

Non había tempo que perder. Rapidamente montamos a clínica móbil: peso, MUAC (perímetro braquial polo que se mide a desnutrición), temperatura, paracheck (test rápido malaria), rexistro, dúas consultas con prioridade pediátrica, consulta prenatal para embarazadas, consulta de curas e inxectables e a farmacia.

A tarefa máis difícil era a triaxe. Non iamos poder tratar a todos porque o tempo era limitado. Así que había que atender primeiro aos máis enfermos, sobretodo aos nenos menores de cinco anos. As mamás presionaban para que foran os seus fillos os atendidos.

A malaria facía estragos entre os máis pequenos(80% dos casos). Ao mosquito Anopheles gústalle a noite no monte e as charcas onde se queda estancada a auga. Ás infeccións respiratorias, segunda en prevalencia, gústanlle que os nenos non teñan mantas coas que abrigarse. Ademais estas dúas doenzas convivían con outras relacionadas coa falta de hixiene e saneamento: gastroenterites, conxuntivites e enfermidades da pel.

A nena dos ollos grandes tiña malaria e diarrea, ademáis dunha desnutrición aguda severa, que en realidade era o máis preocupante de todo. Chegara en moi mal estado, letárxica, moi feble e deshidratada. O seu estado de saúde era tan fráxil que non bastaría con explicarlle a súa nai como había que darlle o tratamento oral, porque non ía a poder tomalo. Había que internala, así llo explicamos á súa nai, que aceptou sen dubidalo e veuse con nós ata o hospital onde tiñamos a base, despois de arranxar cunha veciña o coidado dos seus outros fillos.

Esta vez chegaramos a tempo, bebía con avidez o soro e a comida especial para nenos desnutridos e tolerou moi ben todo o tratamento. Teño que dicir que os ollos non llos vin ben até o terceiro día de tratamento, pero non se me esquecerán nunca. Esta historia aconteceu na República Centroafricana, pero puido ter acontecido en moitos dos países africanos nos que a guerra non só mata persoas senón que destrúe países e sistemas de vida enteiros, con total impunidade

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