El Museo Nacional de Ciencia y Tecnología es un museo. Dicho así parece una perogrullada, pero no lo es. Es el matiz que lo distingue de los demás centros museísticos radicados en A Coruña o de otros creados en España en los últimos años en los que la interactividad con los visitantes es una premisa básica. A diferencia de estos, en los que el lema es prohibido no tocar, en el Muncyt prima el valor de la conservación del patrimonio que se exhibe. Ver, pero no tocar. Quizás esta concepción pueda defraudar en un primer momento a los visitantes, especialmente a los más pequeños, pero un recorrido por sus salas disipa esta sensación para convertir la visita en una invitación a saciar la curiosidad. No solo con las piezas más llamativas y de mayor tamaño, como el primer Citröen fabricado en serie en Europa, la cabina del Boeing que trajo el Guernica a España o el primer acelerador de partículas de fabricación nacional, sino con otras más sencillas que son la base del desarrollo tecnológico aplicado a la vida cotidiana. Es el caso de la colección de martillos de morfología distinta según su uso o de los aparatos de la sección Trebejos, cachivaches y chintófanos. Son la muestra del ingenio humano para sacar la mayor rentabilidad posible a sus limitados recursos. Pero en el museo también hay un espacio para tocar y palpar. Es el taller de chapuzas, un guiño que permite a cualquiera desmontar una radio o un vídeo para descubrir su tecnología. El edificio en sí, un cubo con soluciones imaginativas, es otra de las agradables sorpresas.