Él te ayuda día a día a no perder la perspectiva de la realidad con sus risas, con sus ocurrencias e interrogantes en silencio. Pero sobre todo te da un soplo de aire fresco, imprescindible para la vida. Y esas noches en las que lo despides en la cama, le das ese beso de «ha sido un buen día y deseo que mañana sea otro igual» y él te mira con esos grandes ojos color miel y finalmente te agarra y da un gran abrazo, es cuando sientes que todo en ese día y en los anteriores, junto a él, ha valido la pena, ha sido un acierto.
Llegó de improviso a nuestras vidas, aunque lo esperábamos, y no lo hizo para quedarse físicamente para siempre, pero sí para ocuparnos un trocito del corazón para toda la vida. No hacemos una obra de caridad, como nos dicen algunos conocidos. Él nos hace un favor porque nos despierta del letargo en el que estamos inmersos y con su realidad nos conduce a la realidad.
Viene del Sáhara, de los campamentos donde la arena, el pedregal, las jaimas, unos cuantos camellos y un sol de justicia son, junto con otro montón de gente errante, sus compañeros de viaje. No tiene proyecto de vida porque muchos, lejanos, se lo han robado. Y amanece cada día en los campamentos, sin esperar nada de esta. Aquí serán dos meses de un «todo incluido» en los que disfruta y piensa todo el tiempo en su mamá, su papá y sus hermanitos, siempre con un ojo abierto hacia los suyos, su escuelita hecha de barro, y su pedregal donde juega con sus amigos al fútbol y sueña con ser una estrella del Madrid o del Barça. Hoy, en esta isla de bienestar, rompes el corazón de los que te echan de menos, te añoran, te quieren y aun sabiendo que aquí todo lo material lo tienes, quieren volver a tenerte entre sus brazos. Mañana, pasado el verano, romperás el corazón de los que han bebido en las fuentes de todo lo que eres y representas.
Bienvenido al mundo irreal, Baba.