El espíritu del cigarrón

Cándida Andaluz Corujo
cándida andaluz OURENSE / LA VOZ

SOCIEDAD

A los siete años construyó su primera máscara. Álvaro Ferreira lleva más de treinta confeccionando este símbolo tradicional de Galicia

03 mar 2011 . Actualizado a las 06:00 h.

Nacer a 10 metros de la plaza Maior de Verín infunde carácter. Álvaro Ferreira Diéguez lleva 38 años confeccionando las máscaras de los cigarrones, aunque solo tiene 45. La primera la hizo con 7. «Era moi novo e sentir ese ruído na praza foi algo moi grande», recuerda. Así que se armó de valor y confeccionó, como pudo, su primera careta. «Daquela non había ninguén que as fixese. A xente facíaas na súa casa e eu decidín facer a miña. Antes tiven que convencer á miña nai». Hace unos 20 años el entroido en Verín evolucionó de manera especial y con ella su símbolo, el cigarrón.

«Fundamos a asociación cultural O Cigarrón coa principal idea de conservar o traxe, que houbese uns patróns que se mantivesen ao longo dos anos». Un año antes, Álvaro vendió su primera máscara. «Creo que cobrei 15.000 pesetas daquela». Desde entonces es el mayor artesano de máscaras de cigarrones de la villa. Sobre quinientos ha hecho hasta la fecha. La última la terminará este domingo.

El trabajo es largo y comienza en septiembre. Álvaro se encarga de todos los cometidos. «Ata novembro córtase a árbore, amieiro, porque é brando e pesa pouco». Con él se confecciona el cabaco, la careta. «Córtase e cócese para sacar as impurezas», explica. Agua con impurezas que en la antigüedad era usada como tinte negro para la ropa. Posteriormente los trozos de madera se colocan en un lugar oscuro para que se sequen.

El trabajo es similar al de un sastre. Las medidas son importantes. «Mido a cara e os ósos, os pómulos, a distancia entre os ollos e do queixo ao nariz». Es necesario que las medidas sean perfectas para que la persona que lleve la máscara no sufra. «Van saltando e lévana moito tempo. Se non se axusta ben, pode producir feridas na cara. Eu vin xente sangrando», explica Ferreira. A continuación se labra el cabaco, se lima y se pinta. La máscara cuenta con otro elemento: la mitra. Llamada así por el parecido con la que usan los obispos. Va encima de la careta y se pinta a gusto del propietario. «Unha lenda antiga dicía que só podían ir pintados animais autóctonos. Pero lin estudos nos que se informaba de mitras con adornos florais e incluso con caras de mulleres». Hoy en las mitras se pueden ver auténticos cuadros. « É tanto o orgullo de ter unha máscara que os propietarios ven nelas obras de arte. Incluso hai xente que as ten colgadas nas súas casas. Fixen máscaras para Estados Unidos, Canadá e moitos lugares de España», dice orgulloso.

Orgullo

La badana es otras de las partes de la máscara. Un gorro a medida, de tela vaquera y dura que se adapta al perímetro de la cabeza, y cosida a esta la pelica, una piel natural de mucha calidad, y colgando de esta la rabeira, o cola de caballo. Otra pieza importante es la barba, que da prestancia a la máscara. Siempre de conejo o de liebre. Las correas colocadas en el interior hacen que todo quede adaptado a la cara. Una almohadilla en la barbilla permite ajustar finalmente el conjunto. Y para que la máscara adquiera todo su espíritu: el traje. Otro complemento lleno de simbología.

Cabaco, mitra, badana, barba, gorro, correas, pompones y rabeira. La máscara que da vida al entroido de Verín es arte y es misterio. El que desprende la sonrisa irónica de la careta. El trabajo es complicado, pero el resultado es único. En la actualidad una de estas máscaras suele valer entre 300 y 400 euros, y si Álvaro uniera todas las horas en las que trabaja en cada una saldrían 70 horas de trabajo por máscara.

«É o símbolo do entroido de Verín. Sen o cigarrón, sería un entroido máis. É o noso signo e a nosa identidade», relata. Los cigarrones ya están por las calles de Verín. Detrás de la máscara se esconde mucho trabajo y, sobre todo, orgullo.