«Antes caían como moscas»

Raúl Romar García
R. Romar REDACCIÓN / LA VOZ

SOCIEDAD

Varios seropositivos relatan cómo la medicación les cambió la vida

13 feb 2011 . Actualizado a las 06:00 h.

«Es un virus diabólico, tiene todos los recursos posibles para escaparse del sistema inmunológico», explica, desde Madrid, Gillermo Giménez, el investigador del CSIC que trabaja en un nuevo fármaco que impide al VIH penetrar en la célula. Desde A Coruña, Isaac, Ángel, Gema, Manuel, Lisardo, Carlos, Jorge y Ángeles saben bien de lo que habla. Tienen el demonio en su cuerpo. Conservan en sus mirada y en sus rostros las muescas de una doble derrota: la droga y el sida. De la droga se están rehabilitando, pero el diablo los acompañará de por vida. Solo que ya no es tan terrorífico. Pueden mirar al virus directamente a la cara y desafiarlo. Se han librado del infierno. Su vida mejora día día y los malos tragos de hace años, cuando vivían en la calle y rechazaban el tratamiento o cuando, ya iniciado, pasaban por sus cuerpos múltiples cócteles químicos con efectos devastadores ya los han bebido a litros.

Apenas se acuerdan de los también endiablados nombres de los fármacos. «El Retrovir tiene matado a mucha gente y el Videx era una pastilla gigantesca», rememora Ángel. Y Gema López apostilla: «El Videx lo había que tomar en ayunas y no se disolvía bien, podías ir a ducharte y a la vuelta aún no estaba disuelto». Eran otros tiempos, los ochenta y primeros de los noventa. «Antes la gente caía como moscas», explica, también por experiencia propia, el monitor del grupo, Juan Carlos Espinosa.

También había temor. Gema empezó a sentirlo en 1993, cuando le detectaron el VIH. «Era una época -dice- en la que había mucho miedo, no sabíamos lo que era. No teníamos información. Tener eso era como tener el demonio y pensaba que me iba a morir, pero aquí estoy». Existía un doble miedo: a la enfermedad y al tratamiento. «Yo no quise el tratamiento, no estaba yo para tomar tantas pastillas. Tengo la enfermedad y ya está, pensé», señala Jorge Rey, que lleva con el bicho dentro desde 1992. No empezó la medicación hasta que llegó, hace seis años, a la casa de acogida que gestiona el Comité Antisida de A Coruña. «Cuando vine, no podía ni andar, me tenían que hacer masajes en las piernas», explica. Ahora recibe un tratamiento combinado de tres pastillas y su calidad de vida ha cambiado por completo.

Al igual que la de Anxo. «Llegué aquí -relata- con las defensas en el límite y no tenía mucha confianza en la medicación, tenía miedo a los efectos secundarios. Pero me empecé a medicar y las defensas me subieron al doble y la carga viral me bajó muchísimo».

Desorientado y confuso

Quizás más dramática aún es la historia de Lisardo. Le descubrieron el virus cuando estaba embarcado en Namibia y pasó años sin terapia. «Mientras no estaba medicado estaba desorientado», confiesa manteniendo una sonrisa permanente a lo largo de la conversación. «Su caso fue un cambio radical. Cuando llegó estaba hecho polvo, desorientado en el espacio y en el tiempo y físicamente muy mal. Es verlo para creerlo», corrobora Juan Carlos, el monitor.

Otro ejemplo es el de Manuel Codes, seropositivo desde 1992. «Me pusieron la medicación, pero estaba en la calle y no la tomaba», sostiene. Al igual que les ha ocurrido a los demás, su carga viral es ahora, con el tratamiento, casi indetectable y sus defensas mejoraron. O el de Isaac García, de 38 años. «Me lo detectaron -indica- a los 18 años, aunque creo que lo tengo desde los 14. Fui tirando hasta que llegué a la casa, pero ahora voy bien».

En todo este proceso influyeron los nuevos y más efectivos fármacos que se fueron incorporando a lo largo del tiempo, y también con menos efectos secundarios. El demonio quedó acorralado con la aplicación hace tres años de un fármaco único, el Atripla, indicado preferentemente para los que llevan menos tiempo con el virus y que han desarrollado menos resistencias. Carlos es uno de los que solamente toman Atripla. Y se le ve feliz. También mantiene una sonrisa inocente dibujada en su cara. La época en que se tomaban de ocho a diez pastillas diarias ha pasado a la historia.

«Nuestra calidad de vida ha mejorado mucho, pero también porque estamos aquí, en la casa», advierte Manuel. Y Juan Carlos asiente: «Han mejorado muchísimo y, sobre todo, ahora tienen expectativas de futuro».

Todos llevan una vida ordenada y saben que la única forma de evitar el infierno es mantener la rutina: tomar la pastilla todos los días y a la misma hora. Hasta que llegue la vacuna terapéutica, en la que confían.

«Tener el sida era como tener el demonio. Pensé que me iba a morir, pero aquí estoy»

«Llegué aquí con las defensas al límite, y no tenía confianza, pero ahora me subieron al doble»