Nueva York realiza un estudio entre sus urbanitas para ver cuánto tiempo tarda una persona venida a menos en caer en la indigencia
20 ene 2011 . Actualizado a las 01:47 h.Decía el escritor George Orwell que uno se vuelve un vagabundo en el preciso momento en que decide vender su último traje. En la ciudad de Nueva York la caída en la marginalidad puede llevar mucho menos tiempo, dependiendo de varios factores.
Para saber exactamente cuáles son, el ayuntamiento de Manhattan ha decidido realizar un estudio que trata de determinar cuánto tiempo puede una familia al borde de la indigencia sobrevivir sin la ayuda estatal. Para ello los investigadores seleccionan a 400 familias al borde de la ruina. A la mitad de ellas les dan las ayudas que ofrece el Estado; a la otra mitad, no.
Según los responsables del estudio, de la Universidad de Columbia y el Departamento de vivienda, el objetivo es determinar hasta qué punto son efectivos los 23.000 millones de dólares que cada año invierte el ayuntamiento para evitar que nuevas familias caigan en la indigencia.
Detrás de este Gran Hermano para pobres se esconden también las malas cuentas de una ciudad al borde de la bancarrota y que todavía sufre el envite de la crisis económica.
Corren malos tiempos en la jungla de cristal y por eso el consistorio neoyorquino ha tenido que recortar en más de 20.000 millones de dólares sus gastos sociales para homeless en noviembre, por lo que saber qué programas funcionan y cuáles no resulta ahora indispensable.
«En estos momentos es importante dejar las emociones aparte porque lo que se trata es de organizar lo mejor posible los pocos recursos que tenemos», se justificaba en The New York Times Seth Diamond, comisionado de la ciudad para las familias sin hogar, que ha recibido la mayoría de las críticas.
A Diamond se le acusa de haber experimentado con el único programa que tiene probado mas de un 90% de éxito, el de subsidio a la vivienda, y de haber pagado un precio desorbitado por el estudio, más de medio millón de dólares que podían haber sido invertidos en obras sociales. «Aun así, lo que más escandaliza es que en los tiempos que vivimos los indigentes sean tratados como ratas de laboratorio», en palabras de la activista Anabel de Palma.
La acusación de De Palma resume a la perfección la polémica que acompaña a estudios como este: ¿es ético dar la posibilidad de un futuro mejor a un grupo de personas mientras se aboca a la desesperación a otras? O dicho de otra manera, ¿hasta que punto es lícito experimentar con el sufrimiento humano?
En los últimos tiempos, algunos países en desarrollo han flexibilizado estos límites con experimentos como el llevado a cabo en la India y que instalaba en algunas escuelas cámaras y en otras no para ver hasta qué punto esto influía en el maltrato escolar.
También en EE.?UU. al menos 10 ciudades participan ahora en un programa de 18 meses que realiza sorteos entre las familias más pobres para ver cuál se queda en un albergue y cuál tiene derecho a una casa, con el único objetivo de ver qué método funciona mejor.
En el caso de Nueva York, los responsables del experimento se muestran convencidos de la legitimidad de su metodología ya que, según aseguran, a las familias que son rechazadas se les ofrece el número de teléfono de otras instituciones similares y cierto asesoramiento.